viernes, 20 de noviembre de 2009

Bufón en Negro

De pie, con el raído, descolorido, limpio mono que la propia Mannie le había lavado hacía sólo una semana, oyó cómo la primera palada de tierra golpeaba la caja de pino. Pronto tuvo él mismo una de las palas, que en sus manos (medía más de seis pies y pesaba más de doscientas libras) pareció una de esas palas de juguete con que los niños juegan en las orillas, y el medio pie cúbico de tierra lanzado por ella no mucho más que la liviana pizca de arena que hubiera lanzado la pala infantil.
Uno de su cuadrilla en el aserradero le tocó el brazo y le dijo: —Déjamela a mí, Rider.
Él ni siquiera vaciló. Soltó una mano en mitad del trayecto de la pala y la lanzó hacia atrás, y golpeando al otro en pleno pecho lo hizo retroceder unos pasos, y volvió a retomar con la mano la pala en movimiento; arrojaba la tierra con tal furia sin esfuerzo que el montículo parecía ir alzándose por propia voluntad, crecer no desde arriba sino emerger visiblemente hacia lo alto desde la tierra misma, hasta que al fin la tumba, salvo en su novedad patente, se asemejó a cualquier otra de las que se hallaban esparcidas por el terreno yermo, delimitadas sin ningún orden por trozos de barro cocido y botellas rotas y cascotes de ladrillo viejo y otros objetos sin significado aparente, pero que en realidad encerraban un profundo simbolismo y eran fatales para quien los tocara, y que ningún hombre blanco hubiera podido interpretar. Luego se irguió y lanzó con una mano e hincó sobre el montículo la pala, que quedó vibrando enhiesta como una jabalina, y se volvió y echó a andar, y siguió andando incluso cuando, del exiguo grupo de familiares y amigos y de unos cuantos viejos que les habían conocido a él y a su esposa muerta, desde su nacimiento, salió una anciana y le cogió del antebrazo. Era su tía. Lo había criado. Él no tenía de sus padres el mínimo recuerdo.
—¿Adónde vas? –dijo ella.
—Voy a casa –dijo él.
—No debes volver allí tú solo.
Necesitas comer. Ven a mi casa a comer.
—Voy a casa –repitió él, liberándose de aquella mano como si su peso, sobre su antebrazo de hierro, no hubiera sido superior al de una mosca, mientras los otros (la cuadrilla del aserradero de la cual él era el capataz) le abrían paso en silencio. Pero antes de que llegara a la cerca uno de ellos le alcanzó; no hacía falta que nadie le dijera a Rider que se trataba de un emisario de su tía.
—Espera, Rider –dijo el hombre–.
Tenemos una jarra entre las matas...Y entonces dijo lo que no pretendía decir, lo que jamás se le había pasado por la cabeza decir en circunstancias como aquélla, por mucho que todo el mundo lo supiera: los muertos que aún no querían o no podían dejar la tierra, aunque la carne en la que un día habitaron hubiera sido devuelta a ella (pese a que los predicadores dijeran y reiteraran y sentenciaran que la dejaron no sólo sin pesar sino con júbilo para ascender a la gloria)–: No debes volver allí. Ella está ya caminando.
No se detuvo; desde su alta cabeza, ligeramente echada hacia atrás, bajó la mirada hacia el otro, con los ojos enrojecidos en sus ángulos internos.
—Déjame en paz, Acey –dijo–. No me molestes ahora.
Y siguió su camino, pasando por encima de los tres alambres de la cerca sin alterar siquiera el paso, y cruzó el camino y entró en el bosque. Mediaba ya el crepúsculo cuando salió de él y atravesó el último campo y salvó la cerca también de una zancada y entró en el sendero. A aquella hora del anochecer de domingo estaba desierto –ninguna familia en carro, ningún jinete, ningún caminante camino de la iglesia que le hablara, que prudentemente reprimiera las ganas de volverse para mirarle una vez dejado atrás–, y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de
cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies desnudos de su esposa, cuando los sábados por la tarde caminaba hasta el economato para comprar las provisiones de la semana siguiente mientras él tomaba el baño, y él, sus propias huellas, clausuraban ahora un tiempo a medida que avanzaba, tan de prisa casi como un hombre más pequeño, arrostrando el aire que el cuerpo de ella había dejado vacío, tocando con los ojos los objetos –poste y árbol y campo y casa y colina– que los ojos de ella habían perdido.
La casa era la última del sendero; no era suya, sino alquilada al terrateniente local blanco. Pero la renta la pagaba puntualmente por adelantado, e incluso, en el espacio de sólo seis meses, había echado un nuevo piso al porche y reconstruido y techado de nuevo la cocina, trabajando los sábados por la tarde y los domingos con la ayuda de su esposa, y había comprado un hornillo. Porque ganaba un buen sueldo: había estado trabajando en el aserradero desde que empezó a desarrollarse, a los quince y dieciséis años, y ahora, a los veinticuatro, era incluso capataz de la cuadrilla maderera, pues su cuadrilla movía desde el amanecer hasta el ocaso un tercio más de madera que cualquier otra, y a veces, envanecido por su propia fuerza, manejaba troncos, que normalmente dos hombres hubieran podido manejar sólo con ganchos; ni dejó de trabajar siquiera en los viejos tiempos, cuando en realidad no necesitaba el dinero, cuando gran parte de lo que deseaba –de lo que necesitaba, tal vez– no le costaba dinero: las mujeres brillantes y oscuras y siempre sin nombre a quienes no tenía que comprar; poco le importaba, además, qué ropa llevar, y siempre había comida a cualquier hora del día o de la noche en casa de su tía, que ni siquiera quería coger los dos dólares que él le entregaba todos los sábados. De modo que sólo había habido que pagar los dados y el whisky de los sábados y domingos hasta el día en que, seis meses atrás, vio por vez primera a Mannie, a quien había conocido toda su vida, y se dijo: “Se acabó con todo esto”, y se casaron y alquiló una cabaña a Carothers Edmonds y en la noche de bodas encendió el fuego en el hogar como decían los relatos que tío Lucas Beauchamp, el viejo colono de Edmonds, lo había hecho cuarenta y cinco años atrás en el suyo, que ardía desde entonces. Y se levantaba y se vestía y desayunaba a la luz de la lámpara, para caminar después cuatro millas y llegar al aserradero para la salida del sol, y exactamente una hora después del ocaso entraba en casa de nuevo, y así día tras día, cinco a la semana, hasta el sábado. Entonces, no habría pasado aún la primera hora después del mediodía cuando subía las escaleras y llamaba, no en el marco o en la jamba de la puerta, sino en la parte inferior del techo mismo de la veranda, y entraba y hacía sonar la brillante cascada de dólares de plata sobre la mesa fregada de la cocina, donde su comida hervía a fuego lento sobre el hornillo y le esperaban la tina galvanizada de agua caliente y la lata de levadura en polvo que contenía el suave jabón y la toalla hecha de sacos de harina cosidos y lavados con agua hirviendo y la camisa y el mono limpios, y Mannie recogía el dinero y caminaba la media milla hasta el economato para comprar las provisiones para la semana siguiente, y depositaba el resto del dinero en la caja fuerte de Edmonds y volvía a casa y comían una vez más sin prisa después de cinco días, la carne de cerdo salada, las verduras, el pan de maíz, el suero de leche de la casa del pozo, la tarta que ella horneaba cada sábado en la cocina que él había comprado.
Pero cuando puso la mano en la puerta tuvo de pronto la impresión de que no había nada detrás de ella. La casa, de todas formas, nunca había sido suya, pero ahora hasta los nuevos tablones y soleras y tablillas del tejado, el hogar y el hornillo y la cama formaban parte de la memoria de alguien que no era él, así que se detuvo ante la puerta a medio abrir y dijo en alta voz, como si se hubiera acostado en un lugar y al despertar súbitamente se hubiera encontrado en otro: —¿Qué estoy haciendo aquí?
Y entonces vio al perro. Se había olvidado de él. Recordó no haberlo visto ni oído desde que rompió en aullidos poco antes del amanecer del día anterior; era un perro grande, con algo de mastín (él le había dicho a Mannie un mes después de la boda: “Necesito un perro grande. Tú eres lo único que tendré a mi lado un día, y sola días y días...”); salió de debajo de la veranda y se acercó, no corriendo sino más bien como si se deslizara al aire del crepúsculo, hasta quedar ligeramente apoyado contra su pierna, con la cabeza alzada hasta que los dedos de él la tocaron apenas con las puntas, encarando la casa y sin hacer ningún ruido; entonces, como si el animal tuviera poder sobre ella, como si hubiera hecho guardia ante ella durante su ausencia y sólo en aquel instante pusiera fin a ella, el armazón de tablones y tablillas que su amo tenía ante los ojos se solidificó, se llenó, y durante un instante a Rider le pareció imposible entrar en él.
—Pero necesito comer –dijo–. Los dos necesitamos comer –dijo, adelantándose; pero el perro no le siguió hasta que Rider se volvió y lo maldijo–. ¡Ven aquí! –dijo–. ¿De qué tienes miedo? Ella te falta también, igual que a mí.
Subieron las escaleras y cruzaron el porche y entraron en la casa –la estancia única, llena del crepúsculo, en donde aquellos seis meses se acumulaban y apiñaban ahora en un instante único, hasta el punto de no dejar espacio al aire necesario para respirar, acumulados y apiñados en torno al hogar donde el fuego, que habría de haber durado hasta el fin de ellos dos, frente al cual, al entrar en los días que precedieron a la compra del hornillo y tras la caminata de cuatro millas desde el aserradero, solía encontrarla, en cuclillas, dándole el contorno estrecho de su espalda y sus caderas, con una mano delgada extendida, protegiéndose la cara de las llamas sobre las que sostenía la sartén con la otra, se había convertido, desde que el sol salió el día anterior, en una tenue y seca capa sucia de ceniza muerta– y él, allí de pie, mientras la última luz se apagaba en torno al latido fuerte e indomable de su corazón y al hondo y acompasado ensanchamiento y encogimiento del pecho que el caminar veloz a través de los accidentados bosques y campos no había acelerado y la permanencia inmóvil en la estancia umbría y quieta no había aminorado.
El perro, entonces, se apartó de él; la leve presión desapareció de su costado; oyó el chasquido y el siseo de sus uñas sobre el piso de madera al alejarse, y en un principio pensó que estaba huyendo. Pero el animal se paró ante la entrada, afuera, y él lo vio entonces, vio cómo alzaba la cabeza y se ponía a aullar. Y entonces la vio él también.
Estaba de pie, en la puerta de la cocina, mirándole. Él no se movió.
No respiró ni habló hasta que estuvo seguro de que su voz sería la de siempre, hasta que compuso el semblante para no sobresaltarla.
—Mannie –dijo–. Todo está bien.
No tengo miedo.
Luego avanzó un paso hacia ella, lentamente, sin levantar siquiera la mano todavía, y se detuvo. Luego avanzó un paso más. Pero esta vez, tan pronto como él se desplazó, ella empezó a esfumarse. Él se detuvo al instante, conteniendo de nuevo la respiración, inmóvil, deseando que sus ojos vieran que ella se había detenido igualmente. Pero ella no se había detenido. Se desvanecía, estaba yéndose.
—Espera –dijo, con la mayor dulzura con que jamás había oído a su voz hablar a una mujer–: Déjame ir contigo, cariño.
Pero ella seguía yéndose; se iba ya velozmente; él pudo sentir entonces realmente entre ellos la barrera insuperable de su propia fuerza, de aquella fuerza capaz de manejar un tronco que hubiera exigido el concurso de dos hombres, de la sangre y de los huesos y la carne demasiado fuertes, una barrera insalvable para la vida, pues había aprendido, cuando menos una vez y con sus propios ojos, cuán fuerte era en verdad –aun en caso de muerte violenta y súbita–, no la carne y los huesos de un hombre joven quizá, mas sí la voluntad de esa carne y esos huesos de seguir con vida.
Y luego desapareció. Él pasó por la puerta en la que ella había estado y se dirigió hacia el hornillo. No encendió la lámpara. No necesitaba la luz. De los estantes para los cacharros, que él mismo había construido al asentar el hornillo, cogió dos platos a tientas, y del puchero, que descansaba frío sobre el frío hornillo, sirvió en ellos la comida que su tía le había traído el día anterior, había comido algo entonces, aunque no recordaba en qué momento ni lo que era.
Llevó los platos a la mesa fregada con agua y desnuda, bajo la sola ventana, pequeña y oscurecida, y acercó dos sillas y se sentó, y esperó otra vez a que su voz fuera como él quería.
—Ven aquí –dijo con aspereza–.
Ven aquí ahora mismo y come tu cena.
No voy a tener que...
Y calló, y se quedó mirando su plato, respirando con fuerte y hondo resuello, ensanchando y encogiendo el pecho, hasta que al cabo hizo cesar el jadeo y se mantuvo inmóvil por espacio quizá de medio minuto, y entonces alzó la mano y se llevó a la boca una cucharada de guisantes fríos y pegajosos. La congelada e inerte masa pareció brincar al contacto de sus labios.
Sin llegar siquiera a entibiarse con el calor de la boca, guisantes y cuchara salpicaron y resonaron contra el plato; la silla cayó hacia atrás y él se encontró de pie, y sintió que los músculos de sus mandíbulas empezaban a obligarle a abrir la boca, tirando con fuerza hacia arriba de la mitad superior de su cabeza. Pero hizo cesar también aquello antes de que se convirtiera en sonido, y se contuvo de nuevo mientras arañaba la comida de su plato y lo vaciaba en el otro, que recogió y salió con él de la cocina.
Cruzó la estancia y la veranda y dejó el plato en el peldaño más bajo y se dirigió hacia la puerta de la cerca.
El perro, que no había estado allí, lo alcanzó cuando aún no había andado media milla. Para entonces había luna; las dos sombras mudaban, ora rotas e intermitentes entre los árboles, ora largas e intactas, sesgadas a través del declive de los pastos o de los viejos campos abandonados que se extendían sobre las colinas; el hombre caminaba casi con la rapidez con que un caballo había cubierto aquella distancia, modificando el rumbo siempre que surgía ante la vista una ventana iluminada; el perro trotando en sus talones a medida que ambas sombras se acortaban según el curso de la luna, hasta que al fin pisaron sus propias sombras y se esfumó la última lámpara lejana y las sombras empezaron a alargarse hacia el costado opuesto; siguiendo en los talones del amo incluso cuando un conejo salió de pronto casi de entre sus pies, y yaciendo luego, con las primeras luces del alba, junto al cuerpo boca abajo del hombre, junto al ensanchamiento y encogimiento trabajoso del pecho, a los sonoros y ásperos ronquidos que parecían no tanto gemidos de dolor como el fragor producido por alguien que se debate inerme en prolongado y singular combate.
Cuando llegó al aserradero no había nadie sino el fogonero, un hombre mayor que él que volvía en aquel momento de la pila de leña, y que lo miró mientras él cruzaba el claro, avanzando a tales zancadas que parecía que fuera a pasar no sólo a través del cobertizo de la caldera, sino a través (o por encima) de la caldera misma, con el mono –limpio el día anteriorembarrado y sucio y empapado hasta las rodillas de rocío, con la gorra de tela echada a un lado de la cabeza, y la visera a plomo sobre la oreja, como siempre solía, y el blanco de los ojos orlado de rojo y con algo apremiante y tenso en ellos.
—¿Dónde tienes la tartera? –dijo.
Pero antes de que el fogonero pudiera contestar él ya había pasado por su lado y descolgado de un clavo en el poste la pulida tartera–. Sólo quiero una galleta –dijo.
—Cómetelo todo –dijo el fogonero–.
Yo comeré de las de los muchachos a la hora del almuerzo. Luego vete a casa y acuéstate. No tienes buen aspecto.
—No he venido para quedarme mirando –dijo él, sentándose en el suelo, con la espalda contra el poste y la tartera entre las rodillas, y se llevó a la boca las manos llenas de comida, y la engulló ávidamente: guisantes otra vez, otra vez gélidos, un trozo del pollo frito dominical del día anterior, unos cuantos pedazos bastos de tocino frito de la mañana, una galleta del tamaño de una gorra infantil, todo promiscuo e insulso. El resto de la cuadrilla se estaba congregando afuera; al cobertizo de la caldera llegaban voces y ruidos de ajetreo. Al poco entró a caballo en el claro el capataz blanco. Rider no alzó la vista; dejando a un lado la tartera vacía, se levantó sin mirar a nadie, fue hasta el riachuelo, se echó sobre el estómago, bajó la cara hasta el agua y bebió con las mismas hondas y fuertes y turbadas inhalaciones con que había roncado antes, o como cuando había permanecido en la casa vacía en el pasado crepúsculo, tratando de atraer el aire a sus pulmones.
Entonces las vagonetas empezaron a rodar. El aire vibró con el rápido latido del vapor expulsado y el lamento y el rechinar de la sierra; las vagonetas avanzaban una a una hasta la rampa de descarga, donde él saltaba sobre la recién llegada y se mantenía en equilibrio sobre la carga que debía liberar: quitaba los calzos y soltaba las cadenas con argollas, y con el gancho maderero iba enfilando los troncos de ciprés y gomero y roble, uno por uno, hacia la rampa, donde los mantenía hasta que los dos hombres siguientes de su cuadrillas se hallaran listos para recibirlos y guiarlos, y entonces la descarga de cada vagoneta se convertía en un largo fragor tonante y único, subrayado por gruñidos vociferantes y, avanzaba la mañana y con la llegada del sudor, por retazos de canciones diseminados aquí y allá. Él no cantaba con ellos. En el pasado lo había hecho raras veces, y aquella mañana bien podía no haber sido diferente a cualquier otra; él mismo uno más entre los otros otra vez, por encima de las cabezas de quienes evitaban cuidadosamente mirarle, desnudo de cintura para arriba, sin camisa y con el mono anudado a las caderas mediante los tirantes, sin otra ropa en la parte superior del cuerpo que el pañuelo en torno al cuello y la gorra ceñida y a plomo sobre la oreja derecha, mientras el azul acerado del sol más y más alto centelleaba sobre el sudor de los haces y líneas de músculos color de medianoche, hasta que el silbato anunció el mediodía y él dijo a los dos hombres situados a la cabecera de la rampa: —Cuidado. Quitaos de en medio –y echó a rodar el tronco rampa abajo, y recuperó el equilibrio irguiéndose con rápidos y cortos pasos hacia atrás mientras el tronco se precipitaba por la pendiente como un trueno.
El marido de su tía estaba esperándole; era un hombre viejo tan alto como él, pero delgado, frágil casi, que traía una tartera de hojalata en una mano y un plato tapado en la otra.
Ambos se sentaron a la sombra, junto al arroyuelo, no lejos de donde los demás abrían sus tarteras. La suya contenía un tarro de suero de leche envuelto en una tela de saco limpia y húmeda. En el plato había una torta de melocotón, aún caliente.
—La ha hecho para ti esta mañana –dijo su tío–. Dice que vengas a casa.
No respondió; inclinado ligeramente hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y cogiendo la torta con ambas manos, comía ávidamente; el relleno almibarado se le escurría y le manchaba la barbilla, y él masticaba mientras parpadeaba ininterrumpidamente, con el blanco de los ojos circundados un poco más por el enrojecimiento progresivo.
—Fui a tu casa anoche, pero no estabas. Me manda ella. Quiere que vengas a casa. Dejó la lámpara encendida toda la noche por si venías.
—Estoy bien –dijo él.
—No estás bien. El Señor te la dio, el Señor te la quitó. Pon tu fe en Él, confía en Él. Y ella podrá ayudarte.
—¿Qué fe y qué confianza? –dijo él–. ¿Qué le había hecho a Él Mannie? ¿Qué es lo que Él pretende metiéndose conmigo y...?
—¡Calla! –dijo el viejo–. ¡Calla!
Y las vagonetas volvieron a rodar.
Y entonces pudo dejar de sentir la necesidad de inventarse razones para respirar, y al cabo de un rato empezó a creer que había olvidado a hacerlo, pues no podía oír su propia respiración por encima del fragor constante de los troncos rodantes; así, en cuanto se sorprendió creyendo que en verdad lo había olvidado, supo que no lo había hecho, y entonces, en lugar de volcar el último tronco en dirección a la rampa, encaró el tronco que quedaba en la vagoneta. Lo había hecho otras veces, coger un tronco de la vagoneta con las manos, equilibrarlo, volverse con él y lanzarlo por la rampa, pero nunca con un tronco de tal tamaño. De modo que en la completa cesación de todo ruido, salvo la vibración del escape y el tenue quejido de la sierra odiosa, pues todos los ojos, hasta los del capataz blanco, estaban fijos en él, empujó el tronco hasta el borde de la vagoneta y se puso en cuclillas y puso las palmas contra la parte inferior del tronco. Durante unos instantes no se produjo movimiento alguno.
Era como si la madera irracional e inanimada hubiera hipnotizado al hombre, le hubiera conferido algo de su propia inercia original.
Alguien, entonces, dijo en voz baja: —Ya lo tiene. Ya lo tiene fuera de la vagoneta. Y entonces vieron la grieta, la brecha de aire, y contemplaron el infinitesimal enderezamiento de las piernas arqueadas, hasta que logró juntar las rodillas, la ascensión infinitesimal a través del vientre hundido, del arco del pecho, de las cuerdas del cuello, la elevación del labio sobre los blancos dientes apretados al pasar frente a ellos, la total inclinación hacia atrás de la cabeza –sólo la fijeza inyectada en sangre de sus ojos se mantenía impasible ante todo ello–, el alzamiento progresivo de los brazos y el enderezamiento de los codos, hasta que el tronco en equilibrio sobrepasó su cabeza.
—Pero no podrá darse la vuelta con él –dijo la misma voz–. Y cuando trate de volverlo a poner en la vagoneta, lo va a matar.
Pero nadie se movió. Entonces –no hubo acopio supremo de fuerzas–, el tronco pareció saltar de pronto hacia atrás, por encima de su cabeza, por propia voluntad, y giró en el aire y retumbó y se precipitó con estruendo rampa abajo. Él se volvió y salvó el carril de una zancada y pasó entre sus compañeros, que iban abriéndole paso, y cruzó el claro y se dirigió hacia los bosques desoyendo la llamada del capataz blanco: —¡Rider! –gritó. Y otra vez–: ¡Rider!
A la caída del sol él y el perro se hallaban en la ciénaga del río, a cuatro millas; era otro claro más grande que un cuarto en el que había una casucha, una choza mitad tablas, mitad lona; un hombre blanco sin afeitar, de pie en la puerta a cuyo lado se apoyaba una escopeta, vio cómo se acercaba con cuatro dólares de plata sobre la palma extendida.
—Quiero una jarra –dijo él.
—¿Una jarra? –dijo el hombre blanco–. Querrás decir una pinta. Hoy es lunes. ¿Es que no trabajáis esta semana?
—Me he despedido –dijo él–. ¿Dónde está mi jarra?
Esperó; parecía no mirar nada, con un rápido pestañeo de sus ojos inyectados en sangre y la cabeza alta ligeramente echada hacia atrás; luego se volvió, con la jarra colgada del dedo corazón arqueado, pegada a la pierna, y en aquel preciso instante el hombre blanco le miró súbita y penetrantemente a los ojos, como si los viera por primera vez –aquellos ojos, tensos y apremiantes a la mañana, parecían ahora privados de visión y no se apreciaba en ellos blanco alguno–, y dijo: —Oye. Dame esa jarra. No necesitas un galón. Voy a darte una pinta, te la voy a regalar. Luego te vas y te quedas donde sea. Y no vuelvas hasta que...
El hombre blanco extendió la mano y agarró la jarra, pero él tiró de ella y se la llevó a la espalda, mientras alzaba el otro brazo en abanico y golpeaba al blanco en el pecho.
—Cuidado, blanco –dijo–. Es mía.
La he pagado.
El blanco lo maldijo.
—No, no la has pagado. Aquí tienes tu dinero. Deja esa jarra, negro.
—Es mía –dijo él con voz queda, amable incluso, y la cara inmóvil a excepción del rápido parpadeo de sus ojos rojos–. He pagado por ella.
Dio la espalda al hombre y la escopeta, volvió a cruzar el claro y fue hasta donde estaba el perro, que le esperaba al lado de la senda para volver a pegarse a sus talones. Avanzaron de prisa a lo largo de la angosta senda flanqueada por impenetrables muros de cañas, que daban al crepúsculo una suerte de aura rubia y poseían algo de la opresión, de la falta de espacio para respirar, que había experimentado entre las paredes de su casa.
Pero ahora, en lugar de ahuyentar tal sensación, se detuvo y levantó la jarra y quitó el tapón de mazorca que protegía el penetrante vapor oscuro del alcohol no envejecido y bebió, tragando el líquido, sólido y frío como agua helada, sin sentir siquiera sabor o calor hasta que bajó la jarra y el aire le penetró en los pulmones.
—Ah –dijo–. Así está bien. Pruébame. Pruébame, muchacho. Tengo algo que puede ponerte a bailar de lo lindo.
Y una vez fuera de la negrura irrespirable de la vaguada, volvió a haber luna. Su larga sombra y la de la jarra alzada se proyectaban sesgadas mientras bebía; mantenía la jarra en equilibrio luego, y atraía el aire de plata a su garganta hasta que le era posible volver a respirar, y le hablaba a la jarra: “Vamos. Siempre alardeas de ser más hombre que yo.
Vamos. Demuéstralo”, y volvía a beber, ingiriendo sin medida el líquido frío, carente de sabor o calor mientras duraba el trago, sintiéndolo luego deslizarse sólido y ardientemente frío, reprimiendo el jadeo fuerte y persistente, hasta que sus pulmones se vieron de pronto libres como su cuerpo, que avanzaba de prisa encarando el plateado y sólido muro de aire. Y se sentía bien; su rauda sombra y la del perro que trotaba a su lado y se desplazaban veloces como las de dos nubes a través de la colina; su larga sombra inmóvil y la de la jarra levantada se derramaban por la ladera cuando vio la alta y frágil figura del marido de su tía subir penosamente por la colina.
—Me dijeron en el aserradero que te habías ido –dijo el viejo–. Sabía dónde buscarte. Ven a casa, hijo.
Eso no va a ayudarte.
—Me ha sentado ya bien –dijo él–.
Ya estoy en casa. La serpiente ya me ha mordido y el veneno no puede hacerme daño.
—Entonces ven a verla. Deja que te vea. Es lo único que pide: que le dejes verte... –Pero él había vuelto a echar a andar–. Espera –gritó el viejo–. ¡Espera!
—No puedes seguir mi paso –dijo él, hablando al aire de plata, cortando el aire sólido de plata y dejándolo atrás tan velozmente casi como un caballo a la carrera; la voz delgada y frágil se había ya perdido en la infinitud de la noche, y su sombra y la del perro surcaban las millas abiertas, y el hondo y fuerte jadeo de su pecho se sucedía ya libre como el aire, porque se sentía bien.
Luego, mientras bebía, descubrió de pronto que en su boca no entraba ya más líquido; intentaba tragar, pero el líquido no se deslizaba ya garganta abajo; boca y garganta estaban llenas de una columna sólida y estática que, sin reflejo revulsivo alguno, saltaba vertical e intacta y conservando la forma del gaznate, y centelleaba en el aire a la luz de la luna, y se perdía en el murmullo innumerable de la hierba bañada de rocío. Volvió a beber, y otra vez su garganta se llenó de sólido, y al cabo dos hilillos helados se escaparon de las comisuras de su boca; volvió a saltar, intacta, la columna, despidiendo destellos de plata, y él atrajo a su garganta el aire frío, mientras le hablaba a la jarra suspendida ante su boca: —Muy bien. Intentaré catarte otra vez. Y en cuanto decidas quedarte donde yo quiero ponerte, te dejaré en paz.
Y bebió de nuevo; se llenó el gaznate por tercera vez y por tercera vez bajó la jarra un instante antes de la repetición exacta y rutilante, jadeando, respirando el aire fresco hasta que al fin pudo respirar. Volvió a poner cuidadosamente a la jarra su tapón de mazorca y se quedó inmóvil, con la honda y fuerte agitación del pecho, parpadeando, mientras su sombra quieta y solitaria se proyectaba sesgada sobre la colina y más allá de la colina, a través de la intrincada inmensidad de la tierra ennochecida.
—Muy bien –dijo–. Interpreté mal la señal. Esto ya me ha dado toda la ayuda que necesitaba. Estoy bien ya.
Ya no necesito más.
Al cruzar los pastos pudo ver la lámpara; pasó la plateada y negra brecha de la arenosa zanja donde de niño jugaba con latas vacías de rapé y hebillas herrumbrosas de arneses y trozos de cadenas de tirantes de caballerías y, de cuando en cuando, una auténtica rueda, el retazo de jardín donde había trabajado con la azada en primavera mientras su tía lo vigilaba desde la ventana de la cocina, el patio yermo en cuyo polvo había gateado y se había revolcado antes de aprender a nadar, y entró en la casa, en el cuarto, en la luz misma, con la cabeza un poco echada hacia atrás y la jarra colgada de su dedo arqueado, pegada a la rodilla.
—Tío Alec dice que quieres verme –dijo.
—No sólo verte –dijo su tía–.
Quiero que vengas a casa, donde podremos ayudarte.
—Estoy bien –dijo él–. No necesito que me ayuden.
—No –dijo ella, y se levantó de la silla y se acercó a él y le agarró del brazo tal y como lo había hecho el día anterior, junto a la tumba; el antebrazo, igual que entonces, parecía de hierro–. ¡No! Cuando Alec vino y me dijo que te habías marchado del aserradero ni mediada la tarde, supe por qué y adónde. Pero eso no puede ayudarte.
—Pues me ha hecho bien ya. Ahora me siento perfectamente.
—No me mientas –dijo ella–. Tú nunca me has mentido. No me mientas ahora.
Entonces él lo dijo. Era su propia voz; salía quedamente del enorme jadeo que agitaba su pecho y que pronto entraría en pugna también con las paredes de aquel cuarto. Pero se iría de allí en seguida.
—No –dijo–. No me ha hecho ningún bien.
—¡No puede hacértelo! Nada puede ayudarte, sólo Él. ¡Pídeselo!
¡Cuéntaselo! ¡Él quiere oírte y ayudarte!
—Si es Dios, no necesito contárselo. Si es Dios, tiene que saberlo ya. De acuerdo. Aquí estoy. Que baje aquí y me haga bien.
—¡De rodillas! –gritó ella–. ¡De rodillas, y pídeselo!
Pero no fueron sus rodillas las que golpearon el suelo; fueron sus pies, y durante unos instantes él pudo oír también los de su tía sobre los tablones del pasillo, a su espalda, y la voz que le llamaba a gritos desde la puerta: —¡Spoot! ¡Spoot!
Llamándole a través del patio moteado de luna el nombre que había tenido cuando niño y adolescente, antes de que empezaran a llamarle Rider los hombres con quienes trabajaba y las oscuras y brillantes mujeres sin nombre que había tomado y olvidado sucesivamente, hasta aquel día en que vio a Mannie y se dijo: “Se acabó con todo esto”.
Cuando llegó al aserradero era poco más de medianoche. El perro no le acompañaba. No podía recordar cuándo ni dónde le había abandonado. Al principio creyó recordar que le había arrojado la jarra vacía. Pero más tarde la jarra seguía en su mano y no estaba vacía, y cada vez que bebía los dos hilillos helados se le deslizaban desde las comisuras de la boca, empapándole la camisa y el mono, y al cabo caminó continuamente sumido en el vivo frío del líquido, carente ya de sabor y calor y olor aun después de haber cesado el trago.
—Además –dijo–, no sería capaz de tirarle nada. Puede que le pegase una patada si hiciera falta y se me pusiera a tiro. Pero no sería capaz de destrozar a ningún perro estrellándole algo contra el cuerpo.
La jarra seguía en su mano cuando entró en el claro y se detuvo entre los cúmulos de madera que se alzaban mudos y dorados a la luz de la luna, y se quedó allí en pie, sobre su sombra sin obstáculos, pisándola como la había pisado la noche anterior, tambaleándose un poco, parpadeando en torno al mirar la madera apilada, la rampa, los montones de troncos a la espera del día siguiente, el cobertizo de la caldera, apacible y blanqueado por la luna. Y entonces todo estuvo bien.
Estaba otra vez moviéndose, pero no avanzaba: estaba bebiendo. El líquido frío y veloz e insípido no necesitaba ser tragado, de forma que él no sabía si caía dentro o fuera. Pero todo estaba bien. Ahora había echado a andar y no llevaba ya la jarra, pero no sabía cuándo ni dónde se había desprendido de ella. Cruzó el claro, entró en el cobertizo de la caldera y lo atravesó, recorrió el tramo sinuoso que había detrás del trépano de tiempos y se dirigió a la puerta del almacén de herramientas; el débil resplandor del farol más allá de las junturas de los tablones, una sombra que se alzaba y descendía entre la luz y la pared, el murmullo de voces, el mudo golpe seco y el deslizamiento de los dados, su propia mano golpeando con fuerza la puerta atrancada, y su llamada en alta voz: —Abrid. Soy yo. Me ha mordido una serpiente y voy a morirme.
Al poco estaba dentro. Eran las mismas caras: tres compañeros de cuadrilla, tres o cuatro operarios más del aserradero, el vigilante nocturno blanco con su pesada pistola a la cadera.
En el suelo, ante él, pudo ver el pequeño montón de monedas y gastados billetes; se quedó allí de pie, sobre el círculo de hombres arrodillados y en cuclillas, tambaleándose un poco, parpadeando, con los embotados músculos de la cara esbozando una sonrisa mientras el hombre blanco lo miraba con fijeza.
—Hacedme sitio, jugadores –dijo–.
Me ha mordido una serpiente, pero el veneno no puede hacerme ningún daño.
—Estás borracho –dijo el vigilante–. Fuera de aquí. Que uno de vosotros, negros, abra la puerta y lo saque de aquí.
—Tranquilo, patrón –dijo con voz calma, casi deferente; su cara seguía manteniendo la tenue y rígida sonrisa bajo el parpadeo de los ojos enrojecidos–. No estoy borracho. Lo que me pasa es que no puedo andar derecho porque el peso de este dinero me hace ir encorvado.
Estaba arrodillado, como los demás, con los seis dólares que le quedaban de la paga semanal delante de él, en el suelo; parpadeaba, seguía sonriendo al hombre blanco, cara a cara; luego, sin dejar de sonreír, observaba cómo pasaban de mano en mano los dados en torno al círculo mientras el vigilante aceptaba las apuestas, cómo el dinero manoseado y sucio aumentaba gradualmente delante del blanco, cómo el blanco tiraba los dados y ganaba una tras otra dos apuestas dobles y perdía luego una de veinticinco centavos; al fin los dados llegaron a él, y se oyó el ceñido entrechocar amortiguado de los dados en su mano ahuecada.
—Apuesto un dólar –dijo, y tiró y vio cómo el hombre blanco recogía los dados y los hacía volver en dirección a él–. Me ha picado una serpiente –dijo–. Paso por todo –y volvió a tirar, y esta vez se los devolvió uno de los otros–. Sigo con la apuesta –dijo, y tiró, y se movió al tiempo que el hombre blanco, y le agarró la muñeca antes de que pudiera alcanzar los dados; ambos se miraron, frente a frente, sobre los dados y el dinero, con su mano izquierda aferrada a la muñeca derecha del blanco, y la cara exhibiendo aún la rígida y embotada sonrisa, y su voz, que seguía siendo casi deferente–: Puedo pasar por alto incluso mis pérdidas, pero estos chicos de aquí...
Y al final la mano del blanco se abrió y el segundo par de dados cayó al suelo, al lado del primero, y el hombre blanco logró zafarse y saltó hacia atrás y echó la mano hacia el bolsillo trasero, donde tenía la pistola.
La navaja, entre los omóplatos y debajo de la camisa, le colgaba de un cordón de algodón que llevaba atado al cuello. El mismo movimiento de la mano que atrajo la navaja hacia adelante, sobre el hombro, la soltó del cordón y abrió la hoja; la hoja siguió abriéndose hasta que el canto opuesto al filo descansó sobre sus nudillos, y el pulgar presionó para encajar el mando entre los dedos que se cerraban formando un puño, de forma que un instante antes de que la pistola a medio sacar hiciera fuego, él golpeó la garganta del hombre blanco, no con la hoja sino con el golpe en abanico del puño, que continuó su trayectoria de tal suerte que ni siquiera el primer chorro de sangre tocó su mano ni su brazo.
Cuando todo hubo terminado (no llevó mucho tiempo; encontraron al preso al día siguiente, colgado de la cuerda de la campana de una escuela negra, a unas dos millas del aserradero; el juez pronunció su veredicto: muerto a manos de persona o personas desconocidas; se entregó el cuerpo a sus parientes más próximos; todo en cinco minutos), el delegado del sheriff, encargado oficialmente del caso, le contaba a su esposa pormenores del mismo.
Estaban en la cocina; la esposa estaba haciendo la cena, y el delegado, que había estado en vela y de un lado para otro desde que le aplicaron al preso la ley de fugas, poco después de medianoche, se hallaba agotado por la falta de sueño y las comidas apresuradas a horas extrañas y apremiantes.
Esos malditos negros –dijo, sentado en una silla junto al hornillo, algo histérico también–. Lo juro por Dios: es asombroso que tengamos con ellos tan pocos problemas como tenemos. ¿Que por qué? Porque no son seres humanos. Tienen aspecto humano y andan sobre las piernas traseras como los humanos, y pueden hablar y uno puede entenderlos y pensar que ellos le entiende a uno, por lo menos de vez en cuando. Pero cuando se trata de los sentimientos y sensibilidad normales en los humanos, pueden ser iguales a un maldito rebaño de búfalos salvajes. Fíjate, por ejemplo el de hoy...
—Preferiría que lo dejases fuera de mi cocina –dijo su mujer con aspereza. Era una mujer robusta, antaño hermosa, que empezaba a encanecer y tenía un cuello decididamente corto, y que no parecía agobiada en absoluto, sino colérica. Había estado, además, en el club aquella tarde jugando al juego de los engaños, y después de ganar la partida, y el primer premio de cincuenta centavos, una de las participantes había insistido en un recuento de los tantos, y finalmente en la anulación de la partida entera–. ¡Vosotros los sheriffs! Todo el día sentados en ese Palacio de Justicia, charlando. No es extraño que dos o tres tipos entren y se lleven a los presos delante de vuestras narices.
Se llevarían hasta las sillas y los escritorios y los antepechos de las ventanas si llegarais a apartar un palmo de ellos vuestros traseros y vuestros pies.
—Esos Birdsong son bastante más que dos o tres –dijo el delegado–.
Entre unos y otros son más de cuarenta y dos votos efectivos. Mayfield y yo cogimos un día la lista electoral y los contamos. Pero atiende... –La mujer dio la espalda al hornillo y se acercó con una fuente. El delegado apartó rápidamente los pies para dejar pasar a su esposa, que siguió hasta el comedor. Entonces alzó un poco la voz–: Se le murió la mujer. Bien.
¿Crees que se apena? Es el tipo más grande en el entierro. Agarra una pala, antes incluso de que metan la caja en la fosa, según he oído, y se pone a echar tierra encima de la mujer tan rápido como un molinete. Pero bueno, está bien... –Volvió su esposa. Volvió él a retirar los pies–. Es posible que tuviera esos sentimientos hacia ella. No hay ninguna ley que lo prohíba, siempre que no hubiera jugado también un papel activo en su muerte.
Pero he aquí que al día siguiente es el primero en llegar al aserradero, si dejamos aparte al fogonero, que ni siquiera tenía encendida todavía la caldera; cinco minutos antes y hubiera podido ayudar al fogonero a despertar a Birdsong para que se fuera a casa a dormir, o cortarle el pescuezo entonces, ahorrándonos así todos estos problemas. Así que va a trabajar, y el primero de todos, cuando McAndrews le habría dado el día libre y se lo habría pagado, cuando McAndrews y todos los demás esperaban que se tomara el día libre, cuando cualquier blanco se lo hubiera tomado fueran cuales fuesen los sentimientos hacia su mujer difunta, cuando hasta un niño con sentido común se habría tomado un día de vacaciones pagadas. Pero él, no. Él el primero en su puesto, saltando de vagoneta en vagoneta antes incluso de que el silbato dejara de sonar, agarrando él solo troncos de ciprés de diez pies y tirándolos por allí como si fueran cerillas. Y luego, precisamente cuando todo el mundo decide que hay que tomarlo así, que es así como quiere que lo tomen, deja el trabajo y se larga a media tarde, sin un “con permiso” ni “gracias” ni “adiós” a McAndrews ni a nadie, y se compra un galón entero de ese whisky de baja estofa, y vuelve directamente al aserradero al juego de dados que Birdsong lleva organizando con dados trucados desde hace quince años, va directamente al juego en el que ha estado dócilmente perdiendo semana tras semana probablemente un promedio del noventa y nueve por ciento de su paga desde que tuvo edad suficiente para leer la numeración sobre los dados perdedores, y cinco minutos después le corta el pescuezo hasta el hueso a Birdsong.
“Así que Mayfield y yo nos fuimos para allá. No es que esperáramos hacer gran cosa, ya que seguramente para el amanecer habría dejado atrás Jackson, en Tennessee. Además, la manera más sencilla de encontrarle sería mantenernos cerca de los Birdsong. Así que, por pura casualidad, pasamos por su casa; ahora ni siquiera recuerdo para qué. Y allí estaba. ¿Sentado acaso detrás de la puerta con la navaja abierta sobre una rodilla y la escopeta sobre la otra? No. Dormido.
Había una gran cazuela de guisantes vacía sobre el hornillo. Y allí estaba él, echado en el patio trasero, dormido a pleno sol, con la cabeza resguardada bajo el borde del porche; había también un perro, que parecía un cruce de oso y de novillo Polled Angus, ladrando endemoniadamente desde la puerta trasera. Y él se despierta y dice: “Está bien, blancos. Yo lo hice. Pero no me encierren”. Aconsejando, ordenando al sheriff que no le encerrase; que sí, que lo había hecho, y que era horrible, pero que no le privasen de aire fresco. Así que le hicimos subir al coche, y entonces aparece la vieja (su madre o tía o algo así) jadeando camino arriba a trote de perro. Quería venir con nosotros; Mayfield trató de explicarle lo que podía sucederle a ella también si los Birdsong nos encontraban antes de que lo pusiéramos entre rejas, pero ella insistía en venir de todas formas, y, como dijo Mayfield, a lo mejor era bueno que ella viniera en el coche en caso de que nos encontráramos con los Birdsong, porque obstaculizar la ley no tiene perdón por mucho que el clan de los Birdsong le ayudara el verano pasado a Mayfield a ganar las elecciones. Así que la llevamos también y llegamos a la ciudad y fuimos a la cárcel y se lo entregamos a Ketcham, y Ketcham lo subió arriba, y la vieja detrás de él, diciendo: “Traté de educarle bien. Era un buen chico.
Hasta ahora nunca se metió en ningún lío. Pagará por lo que ha hecho. Pero no deje que lo cojan esos blancos”.
Ketcham le dijo: “Tanto él como tú deberíais haberlo pensado antes de empezar a afeitar blancos sin usar ninguna espuma” y los encerró a los dos en la celda, porque pensó, lo mismo que Mayfield, que el que ella estuviera allí podría ejercer alguna influencia positiva en la gente de Birdsong en caso de conflicto, y con vistas a la futura presentación de su candidatura para sheriff cuando acabase el mandato de Mayfield. Y volvió al piso de abajo y al poco entró la cuerda de presos y Ketcham pensó que las cosas iban a calmarse durante un rato, y de repente empezó a oír los alaridos; sí, los alaridos, no gritos, aunque no había palabras en ellos, y cogió la pistola y subió corriendo y entró en el cuarto de la cuerda de presos y miró en la celda a través de los barrotes de la puerta: aquel negro había arrancado de cuajo el catre de hierro que estaba atornillado al suelo, y aullaba en medio de la celda con el catre por encima de la cabeza como si fuera la cuna de un niño, y la vieja, acurrucada en un rincón, oyendo cómo el negro le decía: “No voy a hacerte daño”, y el negro lanza el catre contra la pared y se acerca y agarra la puerta de acero y la arranca del muro, con ladrillos, goznes y todo, y sale al cuarto grande con la puerta sobre la cabeza como si fuera una celosía metálica de ventana, diciendo: “No pasa nada. No estoy tratando de escaparme”.
“Ketcham podía haberlo tumbado de un tiro allí mismo, pero, como él pensó, en caso de que no fuera la ley, tendrían que ser los Birdsong los que primero le dieran de lo lindo. Así que no disparó. Lo que hizo fue ponerse a resguardo detrás de los negros de la cuerda de presos, que estaban como amontonados retrocediendo ante la puerta de acero, y gritó: “¡Agarradle! ¡Tiradle al suelo!”, pero los negros seguían echándose hacia atrás, hasta que Ketcham logró situarse en el sitio adecuado y la emprendió a patadas con unos y a golpes de la parte roma de la pistola con otros, y al fin consiguió que se echaran encima del gigante. Y Ketcham cuenta que, durante un buen rato, el negro los iba cogiendo según llegaban y los lanzaba al otro extremo del cuarto como si fueran muñecos de trapo, mientras seguía diciendo: “No estoy tratando de escaparme. No estoy tratando de escaparme”, hasta que al fin lograron derribarlo y se formó una enorme masa de brazos y cabezas y piernas de negro revolcándose por el suelo, y Ketcham dice que incluso entonces salía un negro despedido de cuando en cuando por el aire, con los brazos y las piernas extendidos, como si fuera una ardilla voladora, y los ojos saliéndoseles de las órbitas como los faros de un coche, hasta que lo tuvieron bien sujeto en el suelo y Ketcham se acercó y empezó a apartar negros y por fin pudo verlo bajo el montón, riéndose, con lágrimas grandes como canicas saltándole de los ojos y cayéndole por la cara y por debajo de las orejas y haciendo un ruido sordo contra el suelo, como si alguien estuviera dejando caer huevos de pájaro, y reía y reía y decía: “Parece que me es imposible dejar de pensar. Parece que no me es posible”. ¿Qué opinas de lo que te cuento?
—Opino que si vas a cenar algo en esta casa, tendrás que hacerlo en cinco minutos –dijo su esposa desde el comedor–. Luego quitaré la mesa y me iré al cine.

viernes, 30 de octubre de 2009

Desciende, Moisés

La cara era negra, suave, impenetrable; los ojos habían visto demasiadas cosas. El pelo negroide había sido moldeado de forma que le cubría el cráneo como un bonete, en una única mata pulcramente arqueada, con aspecto de haber sido untada de laca, y la raya esculpida a navaja, de forma que la cabeza parecía una cabeza de bronce, permanente, imperecedera. Llevaba uno de esos trajes deportivos que los anuncios de los periódicos llaman -conjuntos-; camisa y pantalones a juego, de la misma franela color de gamuza; ropa muy cara, demasiado engalanada, con demasiados pliegues. Estaba medio echado en el catre de hierro del cubículo de hierro, y fuera había un guardia armado que llevaba veinte horas en su puesto; fumaba cigarrillos y contestaba con voz deliberada y firmemente no sureña a las preguntas del joven blanco con gafas, sentado ante él en el taburete de hierro con su gruesa cartera de agente del censo.
-Samuel Worsham Beauchamp.
Veintiséis años. Nacido en los alrededores de Jefferson, Mississippi.
Sin familia. Sin...
-Espere -dijo el agente del censo mientras escribía con rapidez-. Ése no es el nombre con el que fue conden... que utilizaba en Chicago.
El otro sacudió la ceniza del cigarrillo.
-No. Fue otro tipo el que mató al polizonte.
-Está bien. ¿Ocupación?
-Enriquecerme demasiado rápido.
-Ninguna -escribió con rapidez el agente del censo-. ¿Padres?
-Claro. Dos. No los recuerdo.
Me crió mi abuela.
-¿Cuál es su nombre? ¿Vive todavía?
-No lo sé. Mollie Worsham Beauchamp. Si aún vive, estará en la granja de Carothers Edmonds. Cerca de Jefferson, Mississippi. ¿Eso es todo?
El agente del censo cerró la cartera y se levantó. Era uno o dos años más joven que el otro.
-Si no saben quién es usted aquí, ¿cómo van a saber... cómo espera usted llegar adonde los suyos?
El otro sacudió la ceniza del cigarrillo, y siguió echado en el catre de hierro, con su elegante ropa de Hollywood y un par de zapatos mejores que los que el agente del censo había tenido en su vida.
-¿Y eso qué más me dará a mí?
-dijo.
El agente del censo, pues, dejó la celda; el guardia cerró de nuevo la puerta de hierro. Y el otro siguió echado en el catre de hierro, fumando, hasta que vinieron y le abrieron sendos tajos en los caros pantalones y le afeitaron el caro peinado y lo sacaron de la celda.
Aquella misma cálida y luminosa mañana de julio, el mismo cálido y luminoso viento que agitaba fuera las hojas de las moreras sopló también en el despacho de Gavin Stevens, creando una apariencia de frescura en lo que tan sólo era movimiento. Alborotó entre los asuntos del fiscal del condado que había en su escritorio y sacudió la revuelta cabellera, prematuramente blanca, que coronaba su delgada, inteligente e inestable y su arrugado traje de lino, en cuya solapa colgaba de la cadena del reloj la divisa -Phi Beta Kappa-2 -Phi Beta Kappa, Harvard; doctor en Filosofía, Heidelberg-; Gavin Stevens, cuya oficina era su pasatiempo favorito, si bien le procuraba el sustento, y cuya verdadera vocación era una traducción inacabada del Antiguo Testamento al griego clásico en la que llevaba trabajando veintidós años.
Sólo la visitante parecía insensible a aquella agitación, aunque a juzgar por su apariencia no debía poseer, en medio de aquel viento, más peso y consistencia que la ceniza intacta de un trozo de papel. Era una vieja y pequeña mujer negra, con una cara apergaminada e increíblemente vieja bajo el pañuelo de cabeza blanco y un sombrero de paja negro que bien podría haberse ajustado a la cabeza de un chiquillo.
-¿Beauchamp? -dijo Stevens-. Usted vive en las tierras del señor Carothers Edmonds.
-Me marché -dijo ella-. Vengo a buscar a mi chico. -Y entonces, allí sentada frente a él, inmóvil sobre la dura silla, empezó a decir en tono de salmodia-. Roth Edmonds vendió a mi Benjamín. Lo vendió en Egipto. El faraón lo compró...
-Espere -dijo Stevens-. Espere, abuela. -Porque la memoria, los recuerdos se hallaban a punto de encajar-. Si no sabe dónde está su nieto, ¿cómo sabe que está en aprietos?
¿Quiere decir que el señor Edmonds se negó a ayudarle a encontrarlo?
-Fue Roth Edmonds quien lo vendió -dijo ella-. Lo vendió en Egipto. No sé dónde está. Sólo sé que lo tiene el faraón. Y usted es la ley.
Quiero encontrar a mi chico.
-De acuerdo -dijo Stevens-. si no va a volver a casa, ¿dónde se va a alojar en la ciudad? Puede llevar algún tiempo: no sabe adónde se fue y no ha tenido noticias de él en cinco años.
-Me alojaré con Hamp Worsham.
Es mi hermano.
-Muy bien -dijo Stevens.
No estaba sorprendido. conocía a Hamp Worsham, pero tampoco se habría sorprendido si jamás hubiera visto antes a aquella vieja negra. Ellos eran así. Uno los conocía de toda la vida; podían incluso haber trabajado para uno varios años; podían tener nombres diferentes, y sin embargo un día, de pronto, uno descubría que eran -o decían ser- hermanos o hermanas, y uno no se sorprendía.
Se quedó sentado en medio de aquel movimiento caliente que no era brisa y la oyó bajar lenta y trabajosamente las escaleras de fuera, y recordó al nieto. Los papeles habían pasado por su escritorio antes de ir a parar al fiscal del distrito, cinco o seis años atrás: Butch Beauchamp, como el joven había sido conocido durante aquel año que se pasó entrando y saliendo de la cárcel de la ciudad, hijo de la hija de la anciana negra, huérfano de madre desde su nacimiento y abandonado por su padre, a quien la abuela había recogido y educado -o tratado de educar-. Porque a los diecinueve años había dejado el campo y se había venido a la ciudad, en donde entró y salió de la cárcel una y otra vez por jugador y pendenciero, hasta que finalmente fue acusado formalmente de allanamiento con fractura en una tienda.
Atrapado con las manos en la masa, en el momento de la detención golpeó con un tubo de hierro al policía, quien a su vez lo derribó con la culata de la pistola, y una vez en el suelo se puso a maldecir por la boca partida, mientras sus dientes esbozaban entre la sangre y algo así como una risa burlona, dos noches después se escapó de la cárcel y ya no volvió a vérsele jamás; un joven, sin haber cumplido los veintiún años, mas con algo en él del padre que lo había engendrado y abandonado y que se hallaba ahora internado en la cárcel del estado por homicidio involuntario; una simiente no sólo violenta sino mala.
2 Phi Beta Kappa: sociedad honorífica norteamericana integrada por universitarios de alto nivel académico.
-Y ése es el individuo a quien tengo que encontrar, salvar-, pensó Stevens. Porque ni por un momento dudó del instinto de la vieja. No se habría sorprendido tampoco si ella hubiera sido capaz de adivinar también dónde estaba su nieto y cuál era su problema, y sólo se sorprendió más tarde al comprobar cuán rápidamente había averiguado el paradero y el problema del muchacho.
La granja de Edmonds estaba a diecisiete millas de la ciudad. Pero, según la vieja negra, Edmonds se había negado ya a tener que ver algo en el asunto. Y entonces Stevens comprendió lo que había querido decir la vieja. Recordó que había sido Edmonds quien hizo que el chico fuera a Jefferson; lo había sorprendido forzando el economato y lo había expulsado de sus tierras, prohibiéndole la vuelta para siempre. -El sheriff, no -pensó Stevens-. Algo de alcance más amplio, de desarrollo más rápido que lo que sus atribuciones le permiten...- Se levantó, bajó las escaleras de fuera y cruzó la plaza desierta en el caluroso interludio de comienzos de mediodía y se dirigió a la oficina del semanario del condado. Encontró en ella al director, un hombre mayor que él, aunque de pelo menos blanco, con corbata de lazo negra y anticuada camisa almidonada, enormemente gordo.
-Una vieja negra llamada Mollie Beauchamp -dijo Stevens-. Vive con su marido en la granja de Edmonds.
Se trata de su nieto. Ya te acuerdas de él: Butch Beauchamp, hace unos cinco o seis años, pasó un año en la ciudad, en la cárcel la mayor parte, al final lo cogieron una noche forzando la tienda de Rouncewell. Bien, ahora está en un apuro bastante más serio. No me cabe la menor duda de que la vieja tiene razón. Sólo espero, por su bien y por el bien de los ciudadanos a quienes represento, que el apuro sea grave y tal vez definitivo...
-Espera -dijo el director. No tuvo siquiera que levantarse de la mesa.
Desclavó del pincho una copia del papel de cebolla de la asociación de la prensa y se la tendió a Stevens-.
Acaba de llegar -dijo.
Estaba fechada en Joliet, Illinois, aquella misma mañana:
-Negro de Mississippi, en víspera de ejecución por asesinato de un policía en Chicago, revela su verdadero nombre al responder al cuestionario del censo. Samuel Worsham Beauchamp...-
Stevens cruzaba de nuevo la plaza desierta en cuyo caluroso interludio del mediodía se hallaba algo más próximo. Había pensado que lo que haría sería ir a la pensión donde vivía para almorzar, pero descubrió que no lo estaba haciendo. -Además, no he cerrado la puerta del despacho -pensó-. Tal parece que no pensaba de verdad lo que dije que esperaba-. Subió las escaleras de afuera, emergió del caliginoso y ya sin viento deslumbramiento del sol y entró en su despacho. Se detuvo. Luego dijo: -Buenos días, señorita Worsham.
Era también muy vieja: delgada, erguida, con el pelo blanco recogido a la antigua bajo un sombrero desvaído de hacía treinta años, ataviada de un negro mohoso y con la sombrilla negra y raída y descolorida. Vivía sola en la casa en progresiva ruina que le había dejado su padre, donde daba clases de pintura de porcelanas y, con la ayuda de Hamp Worsham y su esposa, criaba pollos y cultivaba verduras para vender en el mercado.
-Vengo por Mollie -dijo-. Mollie Beauchamp. Dice que usted...
Y él se lo contó mientras ella, erguida en la dura silla que había ocupado antes la vieja negra, le observaba con la mohosa sombrilla apoyada sobre la rodilla. En su regazo, bajo las manos juntas, descansaba un inmenso y anticuado bolso de abalorios.
-Va a ser ejecutado esta noche.
-¿No puede hacerse nada? Los padres de Mollie y de Hamp pertenecieron a mi abuelo. Mollie y yo crecimos juntas. Cumplimos años en el mismo mes.
-He telefoneado -dijo Stevens-.
He hablado con el alcaide de la cárcel de Joliet, y con el fiscal del distrito de Chicago. Tuvo un juicio justo, un buen abogado. Tenía dinero. Estaba metido en el negocio de la lotería clandestina, un asunto en el que hace dinero la gente como él. -Ella le miraba, erguida, inmóvil-. Es un asesino, señorita Worsham. Disparó al policía por la espalda. Un mal hijo de un mal padre. Él mismo se confesó culpable después.
-Ya veo -dijo ella. Entonces él se dio cuenta de que la anciana no le miraba. O cuando menos no le veía-.
Es terrible.
-También es terrible el asesinato -dijo Stevens-. Es mejor así.
Al cabo ella volvía a mirarle.
-No estaba pensando en él. Estaba pensando en Mollie. No debe enterarse.
-Sí -dijo Stevens-. He hablado ya con el señor Wilmoth en el periódico. Ha accedido a no publicar nada.
Voy a llamar por teléfono al periódico de Memphis, aunque seguramente será demasiado tarde, por mucho que ellos... Si al menos pudiéramos convencer a Mollie para que volviera a casa esta tarde, antes de que el periódico de Memphis... Allá en la granja a la única persona que ve es al señor Edmonds, y yo podría hablar con él y advertirle de que no le dijera nada; y aunque los negros oyeran hablar de ello, no... Y entonces, dentro de dos o tres meses, yo podría ir y decirle que está muerto y enterrado en algún lugar del Norte...
Ahora ella le miraba con tal expresión en el semblante que Stevens dejó de hablar.
-Ella querrá traerse el cuerpo a casa, junto a ella -dijo.
-¿El cuerpo? -dijo Stevens.
La expresión no era de disgusto ni de desaprobación. Simplemente hacía patente cierta antigua, intemporal afinidad de las mujeres con el pesar y la sangre. Al mirarle, Stevens pensó: -Ha venido hasta la ciudad caminando y soportando este calor. A menos que Hamp la hay traído en el carricoche con el que vende huevos y verduras-.
-Es el único hijo de su hija mayor, de su propia primogénita muerta.
Debe volver al hogar.
-Debe volver al hogar -dijo Stevens-. Me ocuparé de ello al instante. Telefonearé ahora mismo.
-Es usted muy amable. -Se agitó, se movió por vez primera. Stevens vio cómo las manos de ella atraían y abrazaban contra el regazo el bolso-. Yo costearé los gastos. ¿Podría darme alguna idea de...?
Él la miró a la cara. Dijo la mentira sin pestañear, rápidamente, con desenvoltura.
-Bastarán diez o doce dólares.
Pondrán ellos la caja, así que sólo será el transporte.
-¿Una caja? -Volvió a mirarle con aquella expresión de curiosidad y desapego, como si fuera una niña-. Es su nieto, señor Stevens. Cuando lo recogió para criarlo, le dio el nombre de mi padre. No basta con una caja, señor Stevens. Entiendo que podrá arreglarse pagando un tanto al mes.
-Una caja no basta -dijo Stevens-. El señor Edmonds estará dispuesto a ayudar, estoy seguro. Y según tengo entendido el viejo Luke Beauchamp tiene algún dinero en el banco. Y si usted me lo permite...
-No será necesario -dijo ella.
Stevens vio como abría el bolso; vio cómo contaba sobre su escritorio veinticinco dólares en billetes ajados y en monedas, desde las más valiosas hasta las más menudas de diez y cinco y un centavo-. Esto cubrirá los gastos inmediatos. A ella se lo diré yo... ¿Está seguro de que no hay ninguna esperanza?
-Estoy seguro. Morirá esta noche.
-Entonces esta tarde le diré que ya está muerto.
-¿Quiere que sea yo quien se lo diga?
-Yo se lo diré -dijo ella.
-¿Quiere que vaya a verla luego y hable con ella?
-Sería muy amable de su parte.
Luego se fue, muy erguida, y sus pasos tenues y vivos, casi enérgicos, fueron apagándose sobre las escaleras.
Stevens volvió a telefonear a Illinois, al alcaide, y a un empresario de pompas fúnebres de Joliet. Luego volvió a cruzar una vez más la calurosa plaza desierta. Hubo de esperar tan sólo un breve rato a que el director volviera de almorzar.
-Lo vamos a traer a casa -dijo-.
La señorita Worsham y tú y yo y algunos más. Costará...
-Espera -dijo el director-.
¿Quiénes más?
-Aún no lo sé. Costará unos doscientos dólares. Sin contar las llamadas telefónicas; de ellas me ocupo yo. Le sacaré algo a Carothers Edmonds en cuanto le eche la vista encima; no sé cuánto, pero algo. Y quizá cincuenta aquí en la plaza. Pero el resto será tuyo y mío, ya que ella se empeñó en dejarme veinticinco dólares, justo el doble de lo que traté de convencerle que costaría, y exactamente cuatro veces lo que ella puede permitirse...
-Espera -dijo el director. Espera.
-Y llegará pasado mañana, en el Número Nueve, y saldremos a recibirlo: la señorita Worsham y la vieja negra, la abuela, en mi coche, y tú y yo en el tuyo.
-¡Oh, vamos, Gavin! La gente va a decir que me he vuelto republicano y perderé la poca publicidad que inserta el semanario.
Stevens, con una suerte de paciencia airada, dirigió al director una mirada casi fulminante.
-¿Vas a permitir que esa dama vaya a recibir el cuerpo del asesino sola, acompañada únicamente de la vieja mujer negra, ante la mirada fija de una caterva de blancos sinvergüenzas? ¿No te das cuenta de que si a alguien se le ha ocurrido mandar la noticia a tu maldito periodicucho, con mucha más razón saldrá mañana por la mañana en los periódicos de Memphis?
El director apartó la mirada al cabo de un instante.
-De acuerdo -dijo-. Continúa.
-La señorita Worsham y la vieja lo llevarán de vuelta a casa, adonde nació. O al sitio donde la vieja lo educó. O donde intentó educarlo. Y el coche fúnebre será otros quince dólares, sin contar las flores...
-¿Flores?
-Flores -dijo Stevens-. Pon en total doscientos veinticinco dólares.
Y la mayor parte saldrá de nuestro bolsillo. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo el director-.
Por Júpiter -añadió-; aun en caso de que pudiera elegir, casi valdría la pena por la novedad del asunto. Será la primera vez en mi vida que pague por un tema que de antemano haya prometido no publicar.
-Que de antemano has prometido no publicar -dijo Stevens.
Y durante el resto de aquella tarde calurosa y ya sin viento, mientras funcionarios del Ayuntamiento y jueces de paz y alguaciles llegaban desde los confines del condado y después de recorrer quince y viente millas, subían las escaleras y se quedaban de pie en el despacho vacío y decían pestes de él y se sentaban y esperaban y se marchaban y volvían y se sentaban de nuevo. Stevens iba de tienda en tienda y de oficina en oficina alrededor de la plaza -comerciantes, dependientes, propietarios y empleados, médicos y dentistas y abogados con su rápido y preparado discurso.
-Es para traer a casa a un negro muerto. Es por la señorita Worsham.
No se preocupe no hay que firmar ningún papel. Sólo tiene que darme un dólar. O si no medio dólar. Y aquella noche, después de la cena, caminó en la oscuridad sin viento y llena de estrellas hasta el extremo de la ciudad, y llegó a casa de la señorita Worsham y tocó en la puerta despintada. Hamp Worsham lo recibió y lo hizo entrar; era un hombre viejo, de vientre hinchado a causa de la dieta casi exclusiva de verduras de la señorita Worsham y de él y de su esposa, con rostro de senador romano y un fleco de pelo blanco y los ojos borrosos y sin pupila de los viejos.
-Le está esperando -dijo-. Me manda decir que tenga la bondad de subir a la alcoba.
-¿Está allí tía Mollie? -dijo Stevens.
-Estamos todos allí -dijo Worsham.
Así que Stevens cruzó el vestíbulo iluminado por la lámpara (seguían utilizando lámparas de aceite en toda la casa, y no había en ella agua corriente), precedió al negro a lo largo del descolorido empapelado que flanqueaba las limpias y despintadas escaleras, y lo siguió por el corredor hasta que entraron en un pulcro y amplio dormitorio en donde podía percibirse el tenue e inconfundible olor de las viejas doncellas. Como Worsham había dicho, estaban todos: su esposa, una enorme mujer con un vivo turbante, apoyada en la puerta; la señorita Worsham, siempre erguida, sentada en una silla dura; la vieja negra, en una mecedora al lado de la chimenea, en la que unas cuantas brasas seguían ardiendo débilmente incluso en una noche como aquélla.
La vieja negra tenía en la mano una pipa de arcilla con boquilla de caña; no fumaba, sin embargo, y en la cazoleta manchada podía verse la ceniza blanca y muerta; y Stevens, mirándola de verdad por vez primera, pensó: -Santo Dios, no tiene siquiera el tamaño de un niño de diez años-. Luego tomó asiento, de modo que los cuatro -él, la señorita Worsham, la vieja negra y su hermano- formaban un círculo alrededor de la chimenea de ladrillo en la que ardía sin llama el antiguo símbolo de la cohesión física.
-Llegará pasado mañana, tía Mollie -dijo Stevens.
La vieja negra ni siquiera le miró; no le había mirado nunca.
-Está muerto -dijo-. Se apoderó de él el faraón.
-Oh, sí, Señor -dijo Worsham-.
Se apoderó de él el faraón.
-Vendieron a mi Benjamín -dijo la vieja negra-. Lo vendieron en Egipto.
Y empezó a mecerse en la mecedora suavemente.
-Oh, sí, Señor -dijo Worsham.
-Calla -dijo la señorita Worsham-. Calla, Hamp.
-Llamé al señor Edmonds por teléfono -dijo Stevens-. Lo tendrá todo preparado para cuando ustedes lleguen.
-Roth Edmonds lo vendió -dijo la vieja negra. Seguía meciéndose en la mecedora-. Vendió a mi Benjamín.
-Calla -dijo la señorita Worsham-. Calla, Mollie. Ahora calla.
-No -dijo Stevens-. Él no lo hizo, tía Mollie. No fue el señor Edmonds. El señor Edmonds no...
-Pero no hay duda de que no va a oírme-, pensó Stevens. Ni siquiera le estaba mirando, nunca le había mirado.
-Vendió a mi Benjamín -dijo la vieja-. Lo vendió en Egipto.
-Lo vendió en Egipto -dijo Worsham.
-Roth Edmonds vendió a mi Benjamín.
-Lo vendió al faraón.
-Lo vendió al faraón y ahora está muerto.
-Será mejor que me vaya -dijo Stevens.
Se levantó con rapidez. También se levantó la señorita Worsham, pero los demás ni les miraron siquiera. Hermano y hermana, frente a frente, se mecían uno a cada lado de la chimenea; la mujer de Worsham estaba apoyada contra la pared, y Stevens, al pasar, la miró y vio que tenía los ojos vueltos hacia arriba por completo, de forma que se había esfumado en ellos el iris y sólo podía verse el blanco de la córnea. Stevens no esperó a que la vieja señorita le precediera; avanzó por el corredor de prisa. -Pronto estaré afuera -pensó-. Allí habrá aire, espacio, podré respirar-. A su espalda podía oír los pasos vivos, casi enérgicos, de ella, y más atrás las voces.
-Vendió a mi Benjamín. Lo vendió en Egipto.
-Lo vendió en Egipto. Oh, sí, Señor.
Bajó las escaleras, corriendo casi.
No estaba lejos ya; podía ya olerlo, sentirlo: la oscuridad sin viento, simple. Logró calmar el ánimo y se detuvo a esperar en la puerta, donde se volvió y vio acercarse a la señorita Worsham: la alta, blanca, erguida cabeza antigua aproximándose a través de la luz antigua de la lámpara, más allá de la cual Stevens alcanzó a oír entonces una tercera voz, que había de ser la de la esposa de Worsham; era una genuina y persistente voz de soprano que emitía un sonido sin palabras bajo la estrofa y la antiestrofa del hermano y de la hermana.
-Lo vendió en Egipto y ahora está muerto.
-Oh, sí, Señor. Lo vendió en Egipto.
-Lo vendió en Egipto.
-Y ahora está muerto.
-Lo vendió al faraón.
-Y ahora está muerto.
-Lo siento -dijo Stevens-. Le ruego me perdone. Debí suponérmelo.
No tenía que haber venido.
-No se preocupe -dijo la señorita Worsham-. Es nuestra pena.
Y en el caluroso y luminoso día que siguió al día siguiente, cuando llegó el tren del Sur, esperaban en la estación los dos coches y el coche fúnebre. Aguardaban también más de una docena de automóviles; Stevens y el director, empero, no empezaron a reparar en el gentío de negros y de blancos hasta la llegada del tren. Entonces, ante la mirada silenciosa de los ociosos hombres y jóvenes y chiquillos blancos y el medio centenar quizá de negros, hombres y mujeres, los empleados de la funeraria negra alzaron del tren el ataúd gris y plata y lo llevaron hasta el coche fúnebre; sacaron enérgica y eficientemente de él las coronas y símbolos florales de la mortalidad y metieron el ataúd y volvieron a colocar dentro las flores y dieron unos golpes a la portezuela con las palmas.
Luego -la señorita Worsham y la vieja negra en el coche de Stevens, conducido por el chófer que él había contratado; él y el director del periódico en el coche de este último-, siguieron al coche fúnebre, que serpeaba colina arriba desde la estación, avanzando de prisa en una quejumbrosa marcha corta hasta llegar a la cima, más veloz luego y sin emitir otro sonido que un leve ronroneo, aminoró la marcha al fin y entró en la plaza, y la cruzó, y rodeó el monumento a la Confederación y el Palacio de Justicia, mientras los comerciantes y los profesionales y los empleados que dos días atrás habían entregado a Stevens el dólar o el medio dólar, y los que no habían dado nada, contemplaban en silencio desde puertas y ventanas el coche fúnebre, que dobló y enfiló la calle que en el límite de la ciudad había de convertirse en el camino vecinal que le conduciría a su destino, a diecisiete millas de distancia; volvió entonces a ganar velocidad, seguido por los dos coches con los cuatro pasajeros -la erguida dama de cabeza en alto, la vieja negra, el designado paladín de la justicia y la verdad, el doctor en Filosofía por Heidelbergque integraban el séquito formal del catafalco del asesino negro, del lobo ajusticiado.
Cuando alcanzaron el límite de la ciudad el coche fúnebre avanzaba de prisa. Pasaron a gran velocidad el letrero metálico que señalaba en sentido contrario -Jefferson, Límite Municipal-, y desapareció el pavimento y el camino se transformó en gravilla e inició el descenso de otra larga colina. Stevens se inclinó hacia adelante y apagó el motor; el coche del director siguió su curso unos instantes, y empezó a perder velocidad al pisar el director el freno, mientras el coche fúnebre y el otro automóvil se alejaban velozmente, como en una huida, haciendo saltar de entre las ruedas el liviano y seco polvo estival; y pronto desaparecieron. El director hizo girar en redondo al coche torpemente; chirriaron los cambios, y el vehículo avanzó y reculó sucesivas veces hasta que el morro volvió a apuntar en dirección a la ciudad. El director, entonces, permaneció unos instantes en su asiento, con el pie sobre el embrague.
-¿Sabes lo que me preguntó ella esta mañana allí abajo, en la estación? -dijo-. Me preguntó: -¿Va a ponerlo usted en el periódico?- -¿Qué? -dijo Stevens.
-Eso es lo que dije yo -dijo el director-. Y ella volvió a preguntarme: -¿Va a ponerlo usted en el periódico? Quiero que salga todo en el periódico. Todo-. Y yo tuve ganas de decirle: -Y en caso de que yo supiera cómo murió en realidad, ¿querría que lo pusiera igualmente?- Y, por Júpiter, si le hubiera dicho eso, e incluso si ella hubiera sabido lo que nosotros sabemos, creo que habría dicho sí. Pero no lo dije. Lo que dije fue: -Vamos, abuela, usted no podría leerlo-. Y ella dijo: -La señorita Belle me dirá dónde mirar, y yo lo miraré. Usted póngalo en el periódico. Todo-.
-Oh -dijo Stevens-. -Sí -pensó-.
Ahora ya no le importa. Tuvo que ser y ella no pudo evitarlo, así que ahora, una vez que todo ha terminado, que todo está hecho y zanjado, ya no le importa cómo murió. Quiso que volviera a casa, pero quiso que volviera a casa como es debido. Quiso aquel ataúd y aquellas flores y aquel coche fúnebre, y quiso seguirlo a través de la ciudad en otro coche--. Vamos -dijo-. Volvamos. No he visto en dos días mi mesa de despacho.

martes, 8 de septiembre de 2009

A Rose For Emily

I

When Miss Emily Grierson died, our whole town went to her funeral: the men through a sort of respectful affection for a fallen monument, the women mostly out of curiosity to see the inside of her house, which no one save an old man-servant—a combined gardener and cook—had seen in at least ten years.

It was a big, squarish frame house that had once been white, decorated with cupolas and spires and scrolled balconies in the heavily lightsome style of the seventies, set on what had once been our most select street. But garages and cotton gins had encroached and obliterated even the august names of that neighborhood; only Miss Emily's house was left, lifting its stubborn and coquettish decay above the cotton wagons and the gasoline pumps—an eyesore among eyesores. And now Miss Emily had gone to join the representatives of those august names where they lay in the cedar-bemused cemetery among the ranked and anonymous graves of Union and Confederate soldiers who fell at the battle of Jefferson.

Alive, Miss Emily had been a tradition, a duty, and a care; a sort of hereditary obligation upon the town, dating from that day in 1894 when Colonel Sartoris, the mayor—he who fathered the edict that no Negro woman should appear on the streets without an apron—remitted her taxes, the dispensation dating from the death of her father on into perpetuity. Not that Miss Emily would have accepted charity. Colonel Sartoris invented an involved tale to the effect that Miss Emily's father had loaned money to the town, which the town, as a matter of business, preferred this way of repaying. Only a man of Colonel Sartoris' generation and thought could have invented it, and only a woman could have believed it.

When the next generation, with its more modern ideas, became mayors and aldermen, this arrangement created some little dissatisfaction. On the first of the year they mailed her a tax notice. February came, and there was no reply. They wrote her a formal letter, asking her to call at the sheriff's office at her convenience. A week later the mayor wrote her himself, offering to call or to send his car for her, and received in reply a note on paper of an archaic shape, in a thin, flowing calligraphy in faded ink, to the effect that she no longer went out at all. The tax notice was also enclosed, without comment.

They called a special meeting of the Board of Aldermen. A deputation waited upon her, knocked at the door through which no visitor had passed since she ceased giving china-painting lessons eight or ten years earlier. They were admitted by the old Negro into a dim hall from which a stairway mounted into still more shadow. It smelled of dust and disuse—a close, dank smell. The Negro led them into the parlor. It was furnished in heavy, leather-covered furniture. When the Negro opened the blinds of one window, they could see that the leather was cracked; and when they sat down, a faint dust rose sluggishly about their thighs, spinning with slow motes in the single sun-ray. On a tarnished gilt easel before the fireplace stood a crayon portrait of Miss Emily's father.

They rose when she entered—a small, fat woman in black, with a thin gold chain descending to her waist and vanishing into her belt, leaning on an ebony cane with a tarnished gold head. Her skeleton was small and spare; perhaps that was why what would have been merely plumpness in another was obesity in her. She looked bloated, like a body long submerged in motionless water, and of that pallid hue. Her eyes, lost in the fatty ridges of her face, looked like two small pieces of coal pressed into a lump of dough as they moved from one face to another while the visitors stated their errand.

She did not ask them to sit. She just stood in the door and listened quietly until the spokesman came to a stumbling halt. Then they could hear the invisible watch ticking at the end of the gold chain.

Her voice was dry and cold. "I have no taxes in Jefferson. Colonel Sartoris explained it to me. Perhaps one of you can gain access to the city records and satisfy yourselves."

"But we have. We are the city authorities, Miss Emily. Didn't you get a notice from the sheriff, signed by him?"

"I received a paper, yes," Miss Emily said. "Perhaps he considers himself the sheriff. . . . I have no taxes in Jefferson."

"But there is nothing on the books to show that, you see. We must go by the—"

"See Colonel Sartoris. I have no taxes in Jefferson."

"But, Miss Emily—"

"See Colonel Sartoris." (Colonel Sartoris had been dead almost ten years.) "I have no taxes in Jefferson. Tobe!" The Negro appeared. "Show these gentlemen out."

II

So she vanquished them, horse and foot, just as she had vanquished their fathers thirty years before about the smell. That was two years after her father's death and a short time after her sweetheart—the one we believed would marry her—had deserted her. After her father's death she went out very little; after her sweetheart went away, people hardly saw her at all. A few of the ladies had the temerity to call, but were not received, and the only sign of life about the place was the Negro man—a young man then—going in and out with a market basket.

"Just as if a man—any man—could keep a kitchen properly," the ladies said; so they were not surprised when the smell developed. It was another link between the gross, teeming world and the high and mighty Griersons.

A neighbor, a woman, complained to the mayor, Judge Stevens, eighty years old.

"But what will you have me do about it, madam?" he said.

"Why, send her word to stop it," the woman said. "Isn't there a law?"

"I'm sure that won't be necessary," Judge Stevens said. "It's probably just a snake or a rat that nigger of hers killed in the yard. I'll speak to him about it."

The next day he received two more complaints, one from a man who came in diffident deprecation. "We really must do something about it, Judge. I'd be the last one in the world to bother Miss Emily, but we've got to do something." That night the Board of Aldermen met—three graybeards and one younger man, a member of the rising generation.

"It's simple enough," he said. "Send her word to have her place cleaned up. Give her a certain time to do it in, and if she don't . . ."

"Dammit, sir," Judge Stevens said, "will you accuse a lady to her face of smelling bad?"

So the next night, after midnight, four men crossed Miss Emily's lawn and slunk about the house like burglars, sniffing along the base of the brickwork and at the cellar openings while one of them performed a regular sowing motion with his hand out of a sack slung from his shoulder. They broke open the cellar door and sprinkled lime there, and in all the outbuildings. As they recrossed the lawn, a window that had been dark was lighted and Miss Emily sat in it, the light behind her, and her upright torso motionless as that of an idol. They crept quietly across the lawn and into the shadow of the locusts that lined the street. After a week or two the smell went away.

That was when people had begun to feel really sorry for her. People in our town, remembering how old lady Wyatt, her great-aunt, had gone completely crazy at last, believed that the Griersons held themselves a little too high for what they really were. None of the young men were quite good enough for Miss Emily and such. We had long thought of them as a tableau; Miss Emily a slender figure in white in the background, her father a spraddled silhouette in the foreground, his back to her and clutching a horsewhip, the two of them framed by the back-flung front door. So when she got to be thirty and was still single, we were not pleased exactly, but vindicated; even with insanity in the family she wouldn't have turned down all of her chances if they had really materialized.

When her father died, it got about that the house was all that was left to her; and in a way, people were glad. At last they could pity Miss Emily. Being left alone, and a pauper, she had become humanized. Now she too would know the old thrill and the old despair of a penny more or less.

The day after his death all the ladies prepared to call at the house and offer condolence and aid, as is our custom. Miss Emily met them at the door, dressed as usual and with no trace of grief on her face. She told them that her father was not dead. She did that for three days, with the ministers calling on her, and the doctors, trying to persuade her to let them dispose of the body. Just as they were about to resort to law and force, she broke down, and they buried her father quickly.

We did not say she was crazy then. We believed she had to do that. We remembered all the young men her father had driven away, and we knew that with nothing left, she would have to cling to that which had robbed her, as people will.

III

She was sick for a long time. When we saw her again, her hair was cut short, making her look like a girl, with a vague resemblance to those angels in colored church windows—sort of tragic and serene.

The town had just let the contracts for paving the sidewalks, and in the summer after her father's death they began the work. The construction company came with niggers and mules and machinery, and a foreman named Homer Barron, a Yankee—a big, dark, ready man, with a big voice and eyes lighter than his face. The little boys would follow in groups to hear him cuss the niggers, and the niggers singing in time to the rise and fall of picks. Pretty soon he knew everybody in town. Whenever you heard a lot of laughing anywhere about the square, Homer Barron would be in the center of the group. Presently we began to see him and Miss Emily on Sunday afternoons driving in the yellow-wheeled buggy and the matched team of bays from the livery stable.

At first we were glad that Miss Emily would have an interest, because the ladies all said, "Of course a Grierson would not think seriously of a Northerner, a day laborer." But there were still others, older people, who said that even grief could not cause a real lady to forget noblesse oblige—without calling it noblesse oblige. They just said, "Poor Emily. Her kinsfolk should come to her." She had some kin in Alabama; but years ago her father had fallen out with them over the estate of old lady Wyatt, the crazy woman, and there was no communication between the two families. They had not even been represented at the funeral.

And as soon as the old people said, "Poor Emily," the whispering began. "Do you suppose it's really so?" they said to one another. "Of course it is. What else could . . ." This behind their hands; rustling of craned silk and satin behind jalousies closed upon the sun of Sunday afternoon as the thin, swift clop-clop-clop of the matched team passed: "Poor Emily."

She carried her head high enough—even when we believed that she was fallen. It was as if she demanded more than ever the recognition of her dignity as the last Grierson; as if it had wanted that touch of earthiness to reaffirm her imperviousness. Like when she bought the rat poison, the arsenic. That was over a year after they had begun to say "Poor Emily," and while the two female cousins were visiting her.

"I want some poison," she said to the druggist. She was over thirty then, still a slight woman, though thinner than usual, with cold, haughty black eyes in a face the flesh of which was strained across the temples and about the eyesockets as you imagine a lighthouse-keeper's face ought to look. "I want some poison," she said.

"Yes, Miss Emily. What kind? For rats and such? I'd recom—"

"I want the best you have. I don't care what kind."

The druggist named several. "They'll kill anything up to an elephant. But what you want is—"

"Arsenic," Miss Emily said. "Is that a good one?"

"Is . . . arsenic? Yes, ma'am. But what you want—"

"I want arsenic."

The druggist looked down at her. She looked back at him, erect, her face like a strained flag. "Why, of course," the druggist said. "If that's what you want. But the law requires you to tell what you are going to use it for."

Miss Emily just stared at him, her head tilted back in order to look him eye for eye, until he looked away and went and got the arsenic and wrapped it up. The Negro delivery boy brought her the package; the druggist didn't come back. When she opened the package at home there was written on the box, under the skull and bones: "For rats."

IV

So the next day we all said, "She will kill herself"; and we said it would be the best thing. When she had first begun to be seen with Homer Barron, we had said, "She will marry him." Then we said, "She will persuade him yet," because Homer himself had remarked—he liked men, and it was known that he drank with the younger men in the Elks' Club—that he was not a marrying man. Later we said, "Poor Emily" behind the jalousies as they passed on Sunday afternoon in the glittering buggy, Miss Emily with her head high and Homer Barron with his hat cocked and a cigar in his teeth, reins and whip in a yellow glove.

Then some of the ladies began to say that it was a disgrace to the town and a bad example to the young people. The men did not want to interfere, but at last the ladies forced the Baptist minister—Miss Emily's people were Episcopal—to call upon her. He would never divulge what happened during that interview, but he refused to go back again. The next Sunday they again drove about the streets, and the following day the minister's wife wrote to Miss Emily's relations in Alabama.

So she had blood-kin under her roof again and we sat back to watch developments. At first nothing happened. Then we were sure that they were to be married. We learned that Miss Emily had been to the jeweler's and ordered a man's toilet set in silver, with the letters H. B. on each piece. Two days later we learned that she had bought a complete outfit of men's clothing, including a nightshirt, and we said, "They are married. " We were really glad. We were glad because the two female cousins were even more Grierson than Miss Emily had ever been.

So we were not surprised when Homer Barron—the streets had been finished some time since—was gone. We were a little disappointed that there was not a public blowing-off, but we believed that he had gone on to prepare for Miss Emily's coming, or to give her a chance to get rid of the cousins. (By that time it was a cabal, and we were all Miss Emily's allies to help circumvent the cousins.) Sure enough, after another week they departed. And, as we had expected all along, within three days Homer Barron was back in town. A neighbor saw the Negro man admit him at the kitchen door at dusk one evening.

And that was the last we saw of Homer Barron. And of Miss Emily for some time. The Negro man went in and out with the market basket, but the front door remained closed. Now and then we would see her at a window for a moment, as the men did that night when they sprinkled the lime, but for almost six months she did not appear on the streets. Then we knew that this was to be expected too; as if that quality of her father which had thwarted her woman's life so many times had been too virulent and too furious to die.

When we next saw Miss Emily, she had grown fat and her hair was turning gray. During the next few years it grew grayer and grayer until it attained an even pepper-and-salt iron-gray, when it ceased turning. Up to the day of her death at seventy-four it was still that vigorous iron-gray, like the hair of an active man.

From that time on her front door remained closed, save for a period of six or seven years, when she was about forty, during which she gave lessons in china-painting. She fitted up a studio in one of the downstairs rooms, where the daughters and grand-daughters of Colonel Sartoris' contemporaries were sent to her with the same regularity and in the same spirit that they were sent to church on Sundays with a twenty-five-cent piece for the collection plate. Meanwhile her taxes had been remitted.

Then the newer generation became the backbone and the spirit of the town, and the painting pupils grew up and fell away and did not send their children to her with boxes of color and tedious brushes and pictures cut from the ladies' magazines. The front door closed upon the last one and remained closed for good. When the town got free postal delivery Miss Emily alone refused to let them fasten the metal numbers above her door and attach a mailbox to it. She would not listen to them.

Daily, monthly, yearly we watched the Negro grow grayer and more stooped, going in and out with the market basket. Each December we sent her a tax notice, which would be returned by the post office a week later, unclaimed. Now and then we would see her in one of the downstairs windows—she had evidently shut up the top floor of the house—like the carven torso of an idol in a niche, looking or not looking at us, we could never tell which. Thus she passed from generation to generation—dear, inescapable, impervious, tranquil, and perverse.

And so she died. Fell ill in the house filled with dust and shadows, with only a doddering Negro man to wait on her. We did not even know she was sick; we had long since given up trying to get any information from the Negro. He talked to no one, probably not even to her, for his voice had grown harsh and rusty, as if from disuse.

She died in one of the downstairs rooms, in a heavy walnut bed with a curtain, her gray head propped on a pillow yellow and moldy with age and lack of sunlight.

V

The negro met the first of the ladies at the front door and let them in, with their hushed, sibilant voices and their quick, curious glances, and then he disappeared. He walked right through the house and out the back and was not seen again.

The two female cousins came at once. They held the funeral on the second day, with the town coming to look at Miss Emily beneath a mass of bought flowers, with the crayon face of her father musing profoundly above the bier and the ladies sibilant and macabre; and the very old men—some in their brushed Confederate uniforms—on the porch and the lawn, talking of Miss Emily as if she had been a contemporary of theirs, believing that they had danced with her and courted her perhaps, confusing time with its mathematical progression, as the old do, to whom all the past is not a diminishing road, but, instead, a huge meadow which no winter ever quite touches, divided from them now by the narrow bottleneck of the most recent decade of years.

Already we knew that there was one room in that region above stairs which no one had seen in forty years, and which would have to be forced. They waited until Miss Emily was decently in the ground before they opened it.

The violence of breaking down the door seemed to fill this room with pervading dust. A thin, acrid pall as of the tomb seemed to lie everywhere upon this room decked and furnished as for a bridal: upon the valance curtains of faded rose color, upon the rose-shaded lights, upon the dressing table, upon the delicate array of crystal and the man's toilet things backed with tarnished silver, silver so tarnished that the monogram was obscured. Among them lay a collar and tie, as if they had just been removed, which, lifted, left upon the surface a pale crescent in the dust. Upon a chair hung the suit, carefully folded; beneath it the two mute shoes and the discarded socks.

The man himself lay in the bed.

For a long while we just stood there, looking down at the profound and fleshless grin. The body had apparently once lain in the attitude of an embrace, but now the long sleep that outlasts love, that conquers even the grimace of love, had cuckolded him. What was left of him, rotted beneath what was left of the nightshirt, had become inextricable from the bed in which he lay; and upon him and upon the pillow beside him lay that even coating of the patient and biding dust.

Then we noticed that in the second pillow was the indentation of a head. One of us lifted something from it, and leaning forward, that faint and invisible dust dry and acrid in the nostrils, we saw a long strand of iron-gray hair.

viernes, 28 de agosto de 2009

El Oso

Tenía diez años. Pero aquello había empezado ya, mucho antes incluso del día en que por fin pudo escribir con dos cifras su edad y vio por primera vez el campamento donde su padre y el mayor de Spain y el viejo general Compson y los demás pasaban cada año dos semanas en noviembre y otras dos semanas en junio. Para entonces había ya heredado, sin haberlo visto nunca, el conocimiento del tremendo oso con una pata destrozada por una trampa, que se había ganado un nombre en un área de casi cien millas, una denominación tan precisa como la de un ser humano.
Hacía años que llevaba oyendo aquello; la larga leyenda de graneros saqueados, de lechones y cerdos adultos e incluso terneros arrastrados en vida hasta los bosques para ser devorados, de trampas de todo tipo desbaratadas y de perros despedazados y muertos, de disparos de escopeta e incluso de rifle a quemarropa sin otro resultado que el que hubiera logrado una descarga de guisantes lanzados por un chiquillo con un tubo, una senda de pillaje y destrucción que había comenzado mucho antes de que él hubiera venido al mundo, una senda a través de la cual avanzaba, no velozmente, sino más bien con la deliberación irresistible y despiadada de una locomotora, la velluda y tremenda figura.
Estaba en su conocimiento antes de llegar siquiera a verlo. Aparecía y se alzaba en sueños antes incluso de que llegara a ver los bosques intocados por el hacha donde el animal dejaba su huella deforme –velludo, enorme, de ojos enrojecidos, no malévolo, sino simplemente grande, demasiado grande para los perros que trataban de acorralarlo, para los caballos que trataban de derribarlo, para los hombres y los proyectiles que dirigían contra él, demasiado grande para la tierra misma que constituía su ámbito forzoso–. Le parecía verlo todo entero, con la adivinación absoluta de los niños, mucho antes de que llegara siquiera a poner los ojos en alguna de ambas cosas: la tierra salvaje y condenada cuyas márgenes estaban siendo constante e ínfimamente roídas por las hachas y los arados de hombres que la temían porque era salvaje, hombres que eran miríada y que carecían de nombre unos para otros en aquella tierra donde el viejo oso se había hecho ya un nombre, a través de la cual transitaba no un animal mortal, sino un anacronismo, indomable e invencible, salido de un tiempo ancestral y muerto, un fantasma, epítome y apoteosis de la vieja vida salvaje en la que los hombres hormigueaban y lanzaban golpes de hacha con frenesí de odio y de miedo, como pigmeos en torno a las patas de un elefante somnoliento; el viejo oso solitario, indómito y aislado, viudo, sin cachorros, liberado de la mortalidad, viejo Príamo privado de su vieja esposa y que ha sobrevivido a todos sus hijos.
Cada noviembre, hasta que tuvo diez años, solía mirar el carro con los perros y la ropa de cama y las provisiones y las armas, y a su padre y a Tennie.s Jim, el negro, y a Sam Fathers, el indio, hijo de una esclava y de un jefe chickasaw, y los veía partir camino de la ciudad, de Jefferson, donde se reunirían con el mayor de Spain y los demás. Para el chico, cuando tenía siete y ocho y nueve años, la partida no iba al Gran Valle a cazar osos o ciervos, sino a su cita anual con aquel oso al que ni siquiera pretendían dar muerte. Solían volver dos semanas después, sin trofeo, sin piel ni cabeza. Y él tampoco las esperaba. Ni siquiera temía que lo trajeran en el carro. Creía que incluso después de que hubiera cumplido diez años y su padre le permitiera ir con ellos aquellas dos semanas de noviembre, no haría sino participar, junto a su padre y el mayor de Spain y el general Compson y los otros, en una más entre las representaciones históricas anuales de la furiosa inmortalidad del viejo oso.
Entonces oyó a los perros. Fue en la segunda semana de su primera estancia en el campamento. Permaneció con Sam Fathers contra el viejo roble, al lado del impreciso cruce en el que, al alba, llevaban nueve días apostándose; y oyó a los perros. Antes los había oído ya en una ocasión, una mañana de la primera semana de campamento, un murmullo sin procedencia que resonaba a través de los bosques húmedos, que crecía rápidamente en intensidad hasta disociarse en ladridos diferenciados que él podía reconocer y a los que podía asignar nombres. Había levantado y montado la escopeta, como Sam le había dicho, y había permanecido de nuevo inmóvil mientras la algarabía, la carrera invisible, llegaba velozmente y pasaba y se perdía; le había parecido que podía realmente ver al ciervo, al gamo –rubio, de color de humo, alargado por la velocidad– huyendo, esfumándose, mientras los bosques y la soledad gris seguían resonando incluso después de que los gritos de los perros se hubieran perdido en la distancia.
—Ahora baja los percusores –dijo él.
—Sabías que no venían aquí –dijo él.
—Sí –dijo Sam–. Quiero que aprendas lo que debes hacer cuando no dispares. Es después que se ha presentado y se ha perdido la oportunidad de derribar al oso o al ciervo cuando los perros y los hombres resultan muertos.
—De todas formas –dijo él–, era sólo un ciervo.
Luego, en la mañana décima, oyó de nuevo a los perros. Y él, antes de que Sam hablara, tal como le había enseñado, aprestó el arma –demasiado larga, demasiado pesada–. Pero esta vez no había ciervo, no había coro clamoroso de jauría a la carrera sobre un rastro libre, sino un ladrar trabajoso, una octava demasiado alto, con algo más que indecisión y abyección en él, que ni siquiera avanzaba velozmente, que se demoraba demasiado en quedar fuera del oído por completo, que, incluso entonces, dejaba en el aire, en alguna parte, aquel eco tenue, levemente histérico, abyecto, casi doliente, sin el significado de que ante él huyera una forma no vista, comedora de hierba, de color de humo, y Sam, que le había enseñado antes que nada a montar el arma y a tomar una posición desde donde pudiera dominar todos los ángulos, y, una vez hecho esto, a quedarse absolutamente inmóvil, se había movido hasta situarse a su lado; podía oír la respiración de Sam sobre su hombro, podía ver cómo las aletas de la nariz del viejo se curvaban al atraer el aire a los pulmones.
—Ajá –dijo Sam–. Ni siquiera corre. Camina.
—¡Old Ben! –dijo el chico–. Pero ¡aquí! –exclamó–. ¡Por esta zona!
—Lo hace todos los años –dijo Sam–. Una vez. Acaso para ver quién está ese año en el campamento; si sabe disparar o no. Para ver si tenemos ya un perro capaz de acorralarlo y retenerlo. Ahora a ésos se los llevará hasta el río, y luego hará que vuelvan. Será mejor que también nosotros volvamos; veremos qué aspecto tienen cuando regresen al campamento.
Cuando llegaron, los perros estaban ya allí; había diez, y se acurrucaban al fondo, debajo de la cocina; el chico y Sam, en cuclillas, escrutaron la oscuridad: estaban apiñados, quietos, con los ojos luminosos centelleando hacia ellos y esfumándose; no se oía sonido alguno, sólo aquel efluvio de algo más que perruno, más fuerte que los perros y que no era sólo animal, no sólo bestial, pues nada había habido aún frente a aquel abyecto y casi doliente ladrido salvo la soledad, la inmensidad salvaje, de forma que cuando el undécimo perro, una hembra, llegó a mediodía, para el chico, que miraba junto a todos los demás –incluido el viejo tío Ash, que se consideraba antes que nada cocinero– cómo Sam embadurnaba con trementina y grasa de eje de carro la oreja desgarrada y el lomo surcado de heridas, seguía siendo no una criatura viviente, sino la propia inmensidad salvaje quien, inclinándose momentáneamente sobre la tierra, había rozado ligeramente la temeridad de aquella perra.
—Exactamente igual que un hombre –dijo Sam–. Igual que las personas.
Posponiendo todo lo posible la necesidad de ser valiente, sabiendo todo el tiempo que tarde o temprano tendría que ser valiente al menos una vez para seguir viviendo en paz consigo misma, y sabiendo siempre de antemano lo que le iba a suceder cuando lo hiciera.
Aquella tarde, él en la mula tuerta del carro, a la que no le importaba el olor de la sangre ni –según le dijeron– el olor de los osos, y Sam en la otra mula, cabalgaron durante más de tres horas a través del veloz día de invierno que se agotaba por momentos.
No seguían ninguna senda, ni siquiera un rastro que él pudiera identificar, y casi repentinamente estuvieron en una región que él jamás había visto antes. Entonces supo por qué Sam le había hecho montar la mula tuerta a la que nada espantaba. La otra, la cabal, se paró en seco y trató de revolverse y desbocarse incluso después de que Sam hubiera desmontado, dando sacudidas y tirando de las riendas mientras Sam la retenía, mientras la hacía avanzar con palabras dulces –no podía arriesgarse a atarla y la conducía hacia adelante mientras el chico desmontaba de la tuerta.
Luego, de pie al lado de Sam en la penumbra de la tarde moribunda, miró el tronco derribado y podrido, dañado y arañado por surcos de garras, y junto a él, sobre la tierra húmeda, vio la huella de la torcida y enorme garra de dos dedos. Supo entonces lo que había olido cuando escudriñó debajo de la cocina en dirección a los perros apiñados. Por vez primera tuvo conciencia de que el oso que poblaba los relatos oídos y surgía amenazadoramente en sus sueños desde antes de que pudiese recordar, y que, por tanto, debía de haber existido igualmente en los relatos oídos y en los sueños de su padre y del mayor de Spain e incluso del viejo general Compson antes de que ellos a su vez pudieran recordar, era un animal mortal, y que si ellos viajaban al campamento cada noviembre sin esperanza real de volver con aquel trofeo, no era porque no se le pudiera dar muerte, sino porque hasta el momento no tenían ninguna esperanza real de poder hacerlo.
—Mañana –dijo.
—Lo intentaremos mañana –dijo Sam–. No tenemos el perro todavía.
—Tenemos once. Lo han perseguido esta mañana.
—No se necesitará más de uno –dijo Sam–. Pero no está aquí. Tal vez no exista en ninguna parte. Hay otra posibilidad, la única, y es que tropiece por azar con alguien que tenga una escopeta.
—No seré yo –dijo el chico–. Será Walter o el mayor o...
—Podría ser –dijo Sam–. Tú, mañana por la mañana, mantén los ojos bien abiertos. Porque es inteligente.
Por eso ha vivido tanto. Si se ve acorralado y ha de pasar por encima de alguien, te elegirá a ti.
—¿Cómo? –dijo el chico–. ¿Cómo podrá saber...? –Y calló–. Quieres decir que me conoce, a mí, que nunca he estado aquí antes, que ni siquiera he tenido ocasión de descubrir si yo... –Calló de nuevo mientras miraba a Sam, a aquel viejo cuya cara nada revelaba hasta que se dibujaba en ella la sonrisa. Y dijo con humildad, sin siquiera sorpresa–: Era a mí a quien vigilaba. Supongo que no necesitaría venir sobre mí más que una vez.
A la mañana siguiente dejaron el campamento tres horas antes del alba.
Era demasiado lejos para llegar a pie; fueron en el carro, también los perros. De nuevo la primera luz gris de la mañana lo sorprendió en un lugar desconocido por completo; Sam lo había apostado y le había dicho que permaneciera allí, y luego se había alejado. Con aquella escopeta demasiado grande para su tamaño, que ni siquiera era suya, sino del mayor de Spain y con la que había disparado una sola vez –el primer día y contra un tocón, para aprender a gobernar el retroceso y a recargarla–, permaneció apoyado contra un gomero, al lado de un brazo pantanoso cuya agua negra y quieta reptaba sin movimiento desde un cañaveral, cruzaba un pequeño claro y se internaba de nuevo en otro muro de cañas, donde, invisible, un ave –un gran pájaro carpintero llamado “Señorpara–Dios” por los negros– hacía sonar con estrépito la corteza de una rama muerta.
Era un puesto como cualquier otro, sin diferencias sustanciales respecto del que había ocupado cada mañana por espacio de diez días; un territorio nuevo para él, aunque no menos familiar que el otro, que al cabo de casi dos semanas creía conocer un poco, la misma soledad, el mismo aislamiento por el que los seres humanos habían pasado sin alterarlo lo más mínimo, sin dejar señal ni estigma alguno, cuya apariencia debía de ser exactamente igual a la del pasado, cuando el primer ascendiente de los antepasados chickasaw de Sam Fathers se internó en él y miró en torno, con garrote o hacha de piedra o arco de hueso aprestado y tenso; sólo diferente porque, de cuclillas en el borde de la cocina, había olido a los perros, acobardados y acurrucados unos contra otros debajo de ella, y había visto la oreja y el lomo desgarrados de la perra que, según dijo Sam, había tenido que ser valiente una vez a fin de vivir en paz consigo misma, y, el día anterior, había contemplado en la tierra, al lado del tronco destrozado, la huella de la garra viva.
No oyó en absoluto a los perros.
Nunca llegó a oírlos. Únicamente oyó cómo el martilleo del pájaro carpintero cesaba de pronto, y entonces supo que el oso lo estaba mirando. No llegó a verlo. No sabía si estaba frente a él o a su espalda. No se movió; sostuvo la inútil escopeta; antes no había habido ninguna señal de peligro que le llevara a montarla, y ahora ni siquiera la montó; gustó en su saliva aquel sabor malsano, como a latón, que conocía ya porque lo había olido al mirar a los perros que se apiñaban debajo de la cocina.
Y, luego, se había ido. Tan bruscamente como había cesado, el martilleo seco, monótono del pájaro carpintero volvió a oírse, y al rato él llegó a creer incluso que podía oír a los perros, un murmullo, apenas un sonido siquiera, que probablemente llevaba oyendo algún tiempo antes de que llegara a advertirlo, y que se hacía audible y volvía a alejarse y a desaparecer. En ningún momento se acercaron lo más mínimo al lugar donde él estaba. Si perseguían a un oso, era a otro oso. Fue el propio Sam quien surgió del cañaveral y cruzó el brazo pantanoso seguido de la perra herida el día anterior. Iba casi pegada a sus talones, como un perro de caza; no emitía sonido alguno, y al acercarse se acurrucó contra la pierna del chico, temblando, mirando fijamente hacia las cañas.
—No lo he visto –dijo él– ¡No lo vi, Sam!
—Lo sé –dijo Sam–. Ha sido él quien ha mirado. Tampoco lo oíste, ¿no es cierto?
—No –dijo el chico–. Yo...
—Es inteligente –dijo Sam–. Demasiado inteligente. –Miró a la perra, que temblaba leve y persistentemente contra la rodilla del chico.
Del lomo desgarrado rezumaron y quedaron colgando unas cuantas gotas de sangre fresca–. Demasiado grande.
Todavía no hemos conseguido el perro.
Pero quizá algún día. Quizá no la próxima vez. Pero algún día.
“Así que tengo que verle”, pensó.
“Tengo que mirarle”. De lo contrario –tenía la sensación–, todo seguiría igual eternamente; todo habría de ir como le había ido a su padre y al mayor de Spain, que era mayor que su padre, e incluso al general Compson, que era tan viejo como para haber mandado una brigada en 1865. De lo contrario, todo seguiría así para siempre, la vez próxima y la otra, después y después y una vez más. Le parecía poder verse a sí mismo y al oso, oscuramente, ambos en el limbo del que emerge el tiempo para convertirse en tiempo; el viejo oso, absuelto de su condición mortal, y él compartiendo, participando un poco en ello, lo bastante. Y ahora sabía qué era lo que había olido en los perros apiñados y gustado en su saliva. Reconoció el miedo. “Así que tendré que verle”, pensó, sin temor ni esperanza.
“Tendré que mirarle”.
Fue en junio del siguiente año.
Tenía entonces once años. Estaban de nuevo en el campamento, celebrando los cumpleaños del mayor de Spain y del general Compson. Si bien uno había nacido en setiembre y el otro en pleno invierno y en décadas distintas, se habían reunido para pasar dos semanas en el campamento, pescando y cazando ardillas y pavos y persiguiendo mapaches y gatos monteses por la noche con los perros. O mejor, quienes pescaban y disparaban contra las ardillas y perseguían a los mapaches y a los gatos salvajes eran él y Boon Hoggenbeck y los negros, puesto que los cazadores experimentados, no sólo el mayor de Spain y el viejo general Compson, que se pasaban las dos semanas sentados en mecedoras ante una enorme olla de estofado tipo Brunswick, saboreándolo y revolviéndolo, mientras discutían con el viejo Ash acerca de cómo lo cocinaba Tennie.s Jim se echaba whisky de la damajuana en el cucharón de hojalata que utilizaba para beber, sino hasta el padre del chico y Walter Ewell, que eran aún bastante jóvenes, despreciaban ese tipo de actividades, y se limitaban a disparar a los pavos machos con pistola tras apostar por su buena puntería.

Es decir, cazar ardillas era lo que su padre y los demás pensaban que hacía. Hasta el tercer día creyó que Sam Fathers pensaba lo mismo. Dejaba el campamento por la mañana, inmediatamente después del desayuno. Ahora tenía su propia escopeta: era un regalo de Navidad. Volvía al árbol que había al lado del brazo pantanoso donde se había apostado aquella mañana del año anterior. Y con la ayuda de la brújula que le había regalado el viejo general Compson, se desplazaba desde aquel punto. Sin saberlo siquiera, se estaba enseñando a sí mismo a ser un más–que–mediano conocedor de los bosques. El segundo día encontró incluso el tronco podrido junto al cual había visto por primera vez la huella deforme. Estaba desmenuzado casi por completo; retornaba con increíble rapidez –renuncia apasionada y casi visible– a la tierra de la que había nacido el árbol.
Recorría los bosques estivales, verdes por la penumbra; más oscuros, de hecho, que en la gris disolución de noviembre, cuando, incluso al mediodía, el sol sólo alcanzaba a motear intermitentemente la tierra, nunca totalmente seca y plagada de serpientes mocasines y serpientes de agua y de cascabel, del color mismo de la moteada penumbra, de forma que él no siempre las veía antes de que se movieran; volvía al campamento cada día más tarde, y en el crepúsculo del tercer día pasó por el pequeño corral de troncos que circundaba el establo de troncos en donde Sam hacía entrar a los caballos para que pasaran la noche.
—Aún no has mirado bien –dijo Sam.
El chico se detuvo. Tardó unos instantes en contestar. Al cabo rompiendo a hablar impetuosa y apaciblemente, como cuando se rompe la diminuta presa que un muchacho ha levantado en un arroyo, dijo: —Está bien. Pero ¿cómo? Fui hasta el brazo pantanoso. Hasta volví a encontrar el tronco. Yo...
—Creo que hiciste bien. Lo más seguro es que te haya estado vigilando. ¿No viste su huella?
—Yo –dijo el chico–, yo no...
Nunca pensé...
—Es la escopeta –dijo Sam.
Estaba de pie al lado de la cerca, inmóvil, el viejo, el indio, con su estropeado y descolorido mono y el sombrero de paja de cinco centavos deshilachado que en la raza negra había sido antaño estigma de esclavitud y ahora emblema de libertad. El campamento –el claro, la casa, el establo y el pequeño corral que el mayor de Spain, por su parte, había arrebatado parca y efímeramente a la inmensidad salvaje– se desvanecía en el crepúsculo, volviendo a la inmemorial oscuridad de los bosques. “La escopeta”, pensó el chico. “La escopeta”.
—Ten temor –dijo Sam–. No podrás evitarlo. Pero no tengas miedo. No hay nada en los bosques que vaya a hacerte daño a menos que lo acorrales, o que huela que tienes miedo. También un oso o un ciervo ha de temer a un cobarde, lo mismo que un hombre valiente ha de temerlo.
“La escopeta”, pensó el chico.
—Tendrás que elegir –dijo Sam.
El chico dejó el campamento antes del alba, mucho antes de que tío Ash despertase entre sus colchas, sobre el suelo de la cocina, y encendiese el fuego para hacer el desayuno. Llevaba tan sólo una brújula y un palo para las serpientes. Podría caminar casi una milla sin necesidad de consultar la brújula. Se sentó en un tronco, con la brújula invisible en la mano invisible, mientras los secretos sonidos de la noche, que callaban cuando se movía, volvían a escabullirse y cesaban luego para siempre; y enmudecieron los búhos para dar paso al despertar de los pájaros diurnos, y él pudo ver la brújula. Entonces avanzó rápida pero silenciosamente; sin tener conciencia de ello todavía, se estaba convirtiendo día a día en un experto conocedor de los bosques.
A la salida del sol se topó con una gama y su cría; los hizo huir de su lecho, y pudo verlos de cerca, el crujido de la maleza, la corta cola blanca, la cría siguiendo a su madre a la carrera mucho más rauda de lo que él hubiera podido imaginar. Iba de caza del modo correcto, contra el viento, como Sam le había enseñado; pero eso ahora no importaba.

Había dejado la escopeta en el campamento; pero eso ahora no importaba. Había dejado la escopeta en el campamento; por propia voluntad y renuncia había aceptado no un gambito, no una elección, sino un estado en el cual no sólo el hasta entonces anonimato inviolable del oso sino todas las viejas normas y equilibrio entre cazador y cazado quedaban abolidos. No tendría miedo, ni siquiera en el momento en que el miedo se apoderara de él por completo, sangre, piel, entrañas, huesos, memoria del largo tiempo que había transcurrido hasta convertirse en su memoria: todo, salvo aquella fina, clara, inextinguible, inmortal lucidez, sola diferencia entre él y aquel oso, entre él y todos los otros osos y ciervos que habría de matar en la humildad y el orgullo de su pericia y entereza, lucidez a la que había apuntado Sam el día anterior, apoyado sobre la cerca del corral a la caída del crepúsculo.
Para mediodía había dejado muy atrás el pequeño brazo pantanoso, se había adentrado más que nunca en aquel territorio ajeno y nuevo. Ahora avanzaba no sólo con la ayuda de la brújula, sino también con la del viejo y pesado y grueso reloj de plata que había pertenecido a su abuelo. Cuando se detuvo al fin, lo hacía por primera vez desde que se levantó del tronco al alba, cuando pudo ver la brújula. Era ya lo bastante lejos. Había dejado el campamento hacía nueve horas; una vez transcurridas otras nueve, la oscuridad habría caído ya hacía una hora.
Pero él no pensaba en ello. Pensó: “De acuerdo. Sí. Pero ¿qué?”, y se quedó quieto unos instantes, pequeño y extraño en la verde soledad sin techo, respondiendo a su propia pregunta antes incluso de que ésta se hubiera formulado y cesado. Eran el reloj y la brújula y el palo, los tres mecanismos sin vida mediante los cuales había repelido durante nueve horas la inmensidad salvaje. Colgó cuidadosamente el reloj y la brújula de un arbusto, apoyó el palo junto a ellos y renunció a él por completo.
Durante las últimas tres o cuatro horas no había avanzado muy de prisa.
No caminaba más rápidamente ahora, pues la distancia no habría tenido importancia ni aun en el caso de que pudiera haberlo hecho. Y trataba de recordar la posición del árbol donde había dejado la brújula; trataba de describir un círculo que volviera a llevarle a él, o al menos que se intersecase a sí mismo, pues la dirección tampoco importaba ya. Pero el árbol no estaba allí, e hizo lo que Sam le había enseñado: describió otro círculo en dirección contraria, de forma que los dos círculos hubieran de bisecarse en algún punto, pero no se cruzó con huella alguna de sus pies, y al fin encontró el árbol, pero en lugar erróneo, pues no había arbusto ni reloj ni brújula, y el árbol era otro árbol, pues a su lado había un tronco derribado, y entonces hizo lo que Sam Fathers le había dicho que debía hacerse a continuación, que era también lo último que podía hacerse.
Se sentaba sobre el tronco cuando vio la huella torcida, deforme, tremenda hendidura de dos dedos, la cual, mientras el chico la miraba, se llenó de agua. Cuando alzó la vista, la inmensidad salvaje se fundió, se solidificó, el claro, el árbol que buscaba, el arbusto, y el reloj y la brújula brillaron al ser tocados por un rayo de sol. Y entonces vio al oso. No surgió, no apareció; simplemente estaba allí, inmóvil, sólido, fijado en el caliente moteado del verde mediodía sin viento no tan grande como había soñado pero tan grande como lo esperaba, aún más grande, sin dimensiones contra la moteada oscuridad, mirándole, mientras él, sentado sobre el tronco, inmóvil, le devolvía la mirada.
Luego el oso se movió. No hizo ningún ruido. No se apresuró. Cruzó el calvero; por espacio de un instante entró dentro del pleno fulgor del sol; cuando llegó al otro lado se detuvo de nuevo y miró por encima de un hombro hacia él, cuya tranquila respiración aspiró y espiró el aire tres veces.
Y se fue. No se internó en el bosque, en la maleza. Se esfumó, volvió a hundirse en la inmensidad salvaje, como si el chico estuviera viendo cómo un pez, una perca enorme y vieja, se sumergía y volvía a desaparecer en las oscuras profundidades del río sin mover las aletas lo más mínimo.
“Será el próximo año”, pensó. Pero no fue el otoño siguiente, ni el siguiente ni el siguiente. Tenía entonces catorce años. Había matado ya su ciervo, y Sam Fathers le había marcado la cara con la sangre caliente, y al año siguiente mató un oso. Pero antes incluso de tal espaldarazo había llegado a ser tan diestro en los bosques como muchos adultos con la misma experiencia; a los catorce años era más experto que ellos que la mayoría de los adultos y con más práctica. No había terreno a treinta millas en torno al campamento que él no conociera, brazo pantanoso, loma, espesura, árbol o senda que sirviera de lindero. Habría podido guiar a cualquiera a cualquier punto de aquel territorio sin desviarse lo más mínimo, y guiarlo de nuevo de regreso. Conocía rastros de caza que ni siquiera Sam Fathers conocía; cuando tenía trece años descubrió el lecho de un ciervo, y sin que su padre lo supiera tomó prestado el rifle de Walter Ewell y se apostó al acecho al alba y mató al ciervo cuando el animal volvía al lecho, tal como Sam Fathers le contó que hacían los viejos antepasados chickasaw.
Pero no al viejo oso, por mucho que para entonces conociera sus huellas mejor incluso que las propias, y no sólo la deforme. Podía ver cualquiera de las tres cabales y distinguirla de la de cualquier otro oso, y no sólo por el tamaño. Dentro de aquel radio de treinta millas había otros osos que dejaban huellas casi tan grandes, pero era algo más que eso. Si Sam Fathers había sido su mentor y los conejos y ardillas del patio trasero del hogar, su jardín de infancia, la inmensidad salvaje por la que vagaba el viejo oso era su facultad universitaria, y el propio viejo oso macho, ya tanto tiempo viudo y sin hijos como para haberse convertido en su propio progenitor no engendrado, era su “alma mater”. Pero no lograba verlo nunca.
Podía encontrar la huella deforme siempre que quería, a quince o diez millas del campamento; a veces más cerca incluso. En el curso de aquellos tres años, mientras estaba apostado, había oído dos veces cómo los perros tropezaban con su rastro por azar; la segunda vez, al parecer, lo hostigaron: las voces altas, abyectas, casi humanas de su histeria, como aquella primera mañana de hacía dos años. Pero no el oso mismo. Y recordaba el mediodía, tres años atrás, en que allá en el calvero el oso y él se vieron fijados en el fulgor moteado y sin viento, y le parecía que aquello nunca había sucedido, que se trataba de otro sueño. Pero había sucedido.
Se habían mirado el uno al otro, habían emergido ambos de la inmensidad salvaje y vieja como la tierra, sincronizados en aquel instante merced a algo más que la sangre que anima la carne y los huesos que sustentan el cuerpo; y se tocaron, y se comprometieron a algo, y afirmaron algo más duradero que la frágil urdimbre de huesos y carne que cualquier accidente podía aniquilar.
Y entonces lo vio de nuevo. Debido al hecho de que no pensaba en otra cosa, había olvidado buscarlo. Estaba cazando al acecho con el rifle de Walter Ewell. Lo vio cruzar al fondo de una larga franja arrasado, un corredor barrido por un tornado, precipitarse por la maraña de troncos y ramas, más a través de ella que por encima de ella, como una locomotora, a mayor velocidad de la que él hubiera creído que pudiera alcanzar nunca, casi tan veloz como un ciervo, pues un ciervo se habría mantenido la mayor parte del tiempo en el aire, tan veloz que él no tuvo tiempo siquiera de alzar las miras del rifle, de forma que luego habría de pensar que el hecho de no haber disparado se debía a que él había estado inmóvil a su espalda y el tiro jamás habría llegado a alcanzarlo.
Y entonces supo cuál había sido el fallo de aquellos tres años de fracasos. Se sentó sobre un tronco, agitándose y temblando como si en su vida hubiera visto los bosques ni ninguna de sus criaturas, preguntándose con asombro incrédulo cómo podía haber olvidado lo que Sam Fathers le había dicho, lo que el propio oso había confirmado al día siguiente, lo que ahora, al cabo de tres años, había reafirmado.
Y ahora entendía lo que Sam Fathers había querido decir cuando se refirió al perro adecuado, un perro cuyo tamaño poco o nada había de importar. Así que cuando volvió solo en abril –eran las vacaciones, de forma que los hijos de los granjeros podían ayudar a plantar la tierra, y al fin su padre, después de hacerle prometer que volvería en cuatro días, había accedido a concederle su permiso–, tenía el perro. Era su propio perro, un mestizo de esos que los negros llaman “mil razas”, un ratonero, no mucho mayor que una rata y con esa valentía que ha tiempo ha dejado de ser valor para convertirse en temeridad.
No le llevó cuatro días. Una vez solo de nuevo, halló el rastro la primera mañana. No era caza al acecho; era una emboscada. Fijó la hora del encuentro casi como si se tratara de una cita con un ser humano. Al amanecer de la segunda mañana. Él sujetando al “mil razas”, al que habían envuelto la cabeza con un saco, y Sam Fathers con dos de los perros sujetos por una cuerda de arado se apostaron con el viento a favor del rastro. Estaban tan cerca que el oso se volvió, sin correr siquiera, como estupefacto ante el estrépito frenético y estridente del “mil razas” recién liberado, se puso a resguardo contra el tronco de un árbol, sobre las patas traseras.
Al chico le pareció que el animal se hacía más y más alto y que no iba a dejar de alzarse nunca, y hasta los dos perros parecían haber tomado del “mil razas” una suerte de desesperada y desesperante valentía, pues lo siguieron cuando avanzó hacia el oso.
Entonces se dio cuenta de que el “mil razas” no iba a detenerse. Se lanzó hacia adelante, arrojó la escopeta y echó a correr. Cuando alcanzó y agarró al perrito, que se debatía frenéticamente como un torbellino, al chico le dio la impresión de hallarse literalmente debajo del oso.
Pudo sentir su olor: fuerte y caliente y fétido. Se agachó torpemente, alzó la vista hacia la bestia, que se cernía sobre él desde lo alto como un aguacero, del color del trueno, muy familiar, apacible e incluso lúcidamente familiar, hasta que al fin recordó: era así como solía soñarlo. Y ya se había ido. No lo vio irse.
Permaneció de rodillas, sujetando al frenético “mil razas” con ambas manos, oyendo cómo se alejaba más y más del humilde lamento de los perros, hasta que llegó Sam. Traía la escopeta.
La dejó en el suelo, en silencio, al lado del chico, y se quedó allí de pie mirándole.
—Le has visto ya dos veces con una escopeta en las manos –dijo–. Esta vez no podías haber fallado.
El chico se levantó. Seguía sujetando al “mil razas”. Incluso en brazos, lejos del suelo, el animal seguía ladrando frenéticamente, debatiéndose y tratando de escapar, como un manojo de muelles, tras el fragor cada vez más lejano de los perros. El chico peleaba un poco, pero ni se agitaba ni temblaba ya.
—¡Tampoco tú! –dijo–. ¡Tú tenías la escopeta! ¡Tampoco tú!
—Y no disparaste –dijo su padre–.
¿A qué distancia estabas?
—No lo sé, señor –dijo él–. Tenía una gran garrapata en la pata derecha trasera. Me fijé en eso. Pero en aquel momento no tenía la escopeta.
—Pero tampoco disparaste cuando la tenías –dijo su padre–. ¿Por qué?
El chico no respondió. Su padre, sin esperar que lo hiciera, se levantó y cruzó la habitación; caminó sobre las pieles del oso que el chico había cazado dos años atrás y del otro oso, más grande, que él mismo había cazado antes de que su hijo naciera, y se dirigió a la librería sobre la que podía verse la cabeza del primer ciervo del chico. Era la habitación que su padre llamaba “la oficina”, pues en ella tenían lugar todas las transacciones comerciales de la plantación. En ella, a lo largo de los catorce años de su vida, había oído las mejores charlas.
Solía estar allí el mayor de Spain, y a veces el viejo general Compson, y también Walter Ewell y Boon Hoggenbeck y Sam Fathers y Tennie.s Jim, porque también ellos eran cazadores y conocían los bosques y a sus criaturas.
Él solía escuchar, no hablaba, se limitaba a atender; la inmensidad salvaje, los grandes bosques, más grandes y más viejos que cualquier documento registrado de cualquier hombre blanco lo bastante fatuo como para creen que en determinado momento había adquirido un trozo de ellos, o de cualquier indio lo bastante cruel como para pretender que un trozo de ellos le pertenecía hasta el punto de poderlo transmitir; eran de los hombres, no blancos ni negros ni rojos sino sólo hombres, cazadores con la voluntad y la audacia necesarias para resistir y la humildad y la pericia necesarias para sobrevivir, y los perros y los osos y los ciervos se yuxtaponían y descollaban en ellos, abocados y compelidos, bien en torno a la inmensidad salvaje o dentro de ella, a la antigua e incesante contienda decretada por las antiguas e inflexibles normas que dispensaban de toda contrición y no admitían cuartel; las voces tranquilas y meditadas y graves, destinadas a la mirada retrospectiva y a la memoria y a los exactos recuerdos, mientras el chico se sentaba en cuclillas junto al fuego llameante del hogar al igual que Tennie.s Jim, quien, en cuclillas, se movía únicamente para echar más leña al fuego y para pasar de un vaso a otro la botella. Porque la botella se hallaba siempre presente, de forma que al rato al chico le daba la impresión de que aquellos intensos momentos de corazón y cerebro y valor y astucia y rapidez se concentraban y destilaban hasta dar lugar a aquel licor de color pardo que ninguna mujer o muchacho o niño, sino sólo los cazadores bebían, y lo bebían no por la sangre que habían derramado sino por una suerte de quintaesencia de inmortal espíritu salvaje, y bebían moderadamente, incluso humildemente, no con la mezquina esperanza del pagano de adquirir por ello las virtudes de la astucia y la rapidez y la fuerza, sino como salutación hacia ellas.
Volvió su padre con el libro y se sentó y lo abrió.
—Escucha –dijo. Leyó en voz alta las cinco estrofas, con voz quieta y pausada; en la habitación no había lumbre, pues era ya primavera. Luego levantó la vista. El chico lo miraba.
Muy bien –dijo el padre–. Escucha.
–Volvió a leer, pero esta vez sólo la segunda estrofa completa, y las dos últimas líneas, y cerró el libro y lo dejó en la mesa a su lado–. “Ella no puede desaparecer, aunque tú no tengas tu dicha; tú amarás eternamente, y ella será justa” –dijo.
—Está hablando de una chica –dijo el chico.
—Tiene que hablar de algo –dijo su padre. Y luego dijo–: Está hablando de la verdad. La verdad no cambia.
La verdad es una. Abarca todas las cosas que tocan el corazón: honor y orgullo y piedad y justicia y valor y amor. ¿Entiendes ahora?
No estaba seguro. De algún modo, era más sencillo que todo eso. Había un viejo oso fiero y cruel, mas no por el mero hecho de conservar la vida, sino con el fiero orgullo de la libertad, lo bastante orgulloso de su libertad como para verla amenazada y no sentir miedo y no alarmarse siquiera; aún más, un animal que a veces parecía incluso poner aquella libertad deliberadamente en peligro a fin de saborearla, a fin de recordar a sus viejos y fuertes huesos y carne la necesidad de mantenerse flexibles y rápidos para defenderla y preservarla. Había un hombre viejo, hijo de una esclava negra y de un rey indio, heredero por un lado de la larga crónica de un pueblo que había aprendido la humildad a través del sufrimiento y la justicia, y por el otro, la crónica de un pueblo que aún más antiguo en aquella tierra que el primero, y que sin embargo había desaparecido de ella por completo, perpetuándose sólo en la solitaria fraternidad entre la sangre extraña que corría en las venas de un viejo negro y el espíritu salvaje e invencible de un viejo oso. Había un muchacho que deseaba aprender la humildad y el orgullo a fin de llegar a ser diestro y valioso en los bosques, que de pronto se vio convirtiéndose en tan diestro con tanta rapidez que temió no llegar nunca a convertirse en valioso, pues no había aprendido la humildad y el orgullo, pese a haberlo intentado, hasta un día en que, súbitamente asimismo, descubrió que un viejo incapaz de definir ninguna de las dos virtudes le había guiado, como de la mano, a aquel punto en el que un viejo oso y un pequeño perro mestizo le habían enseñado que, poseyendo una de las dos, se poseía ambas.
Y un pequeño perro sin nombre y mestizo y con muchos padres, adulto ya pero de menos de seis libras de peso, diciéndose como para sus adentros: “No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca de él como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan diciendo que sólo es ruido”.
Eso era todo. Era sencillo, mucho más sencillo que alguien hablando en un libro de un muchacho y una chica por la que nunca tendría que afligirse, por cuanto jamás podría acercarse más a ella ni tendría tampoco que alejarse. Él había oído hablar acerca de un oso, y un día llegó a tener la edad necesaria para seguir su rastro, y lo siguió durante cuatro años, y al fin se encontró con él con una escopeta en las manos y no disparó. Porque un pequeño perro... Pero podía haber disparado mucho antes de que el perrito recorriera las veinte yardas hasta donde le esperaba el oso, y Sam Fathers podía haber disparado en cualquier momento durante el minuto interminable en que Old Ben, sobre sus patas traseras, se erguía sobre ellos. Se detuvo. Su padre le miraba con gravedad a través de la copiosa media luz de primavera del cuarto; cuando habló, sus palabras fueron tan apacibles como la media luz; no eran palabras en alta voz, no necesitaban serlo porque iban a ser duraderas: —El valor y el honor y el orgullo –dijo– y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad. Todo ello toca el corazón, y aquello a lo que se aferra el corazón se convierte en verdad, en aquello que alcanzamos a entender como verdad. ¿Entiendes ahora?
“Sam y Old Ben y Nip”, pensó. Y también él mismo. Él también había actuado correctamente. Su padre lo había dicho.
—Sí, señor –dijo.